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1 de Julio de 2013
Neurología

Sistema de recompensa

Cuando experimentamos felicidad, se activan unas áreas cerebrales que se comunican entre sí a través de determinados mensajeros químicos. Sin embargo, el refinado tejido neuronal que hace sentir bien también puede llevar a la desdicha.

FOTOLIA / BENICCE

En síntesis

El sistema de recompensa del cerebro se compone de diferentes circuitos que alcanzan numerosas áreas encefálicas.

Los «centros del placer» correspondientes se comunican entre sí, sobre todo a través del neurotransmisor dopamina y de opioides.

La ludopatía va de la mano de una disminución en la actividad del sistema dopaminérgico.

Una rata se agazapa en la jaula del laboratorio. De su cabeza emerge un fino alambre. El animal está unido a una fuente de corriente eléctrica a través de ese cable que envía impulsos a su cerebro. Completamente agotado, ya no come ni bebe; también ha dejado hace tiempo de cuidar de su prole. No es víctima de fuerzas externas malintencionadas: el propio roedor se autoadministra los impulsos eléctricos accionando una pequeña palanca.

Esta horripilante imagen es la que observaron James Olds y Peter Milner, de la Universidad McGill en Montreal, durante un experimento que ya forma parte de la historia de la neurociencia. A lo largo de la década de los cincuenta del siglo xx, surgieron las primeras pruebas de que el encéfalo albergaba una especie de centro del placer.

En los ensayos iniciales, los neurobiólogos se centraban en provocar movimientos musculares mediante la estimulación eléctrica del cerebro de modelos animales, pero Olds y Milner pretendían ir más allá: querían conocer si se podía influir en las conductas más complejas mediante los impulsos eléctricos.

En efecto, los roedores aprendieron con rapidez a desarrollar ciertas acciones o a inhibirlas según si experimentaban ese estímulo como una recompensa o, por el contrario, como un castigo. La pareja de investigadores había descubierto un área cerebral cuya estimulación directa mediante electrodos provocaba a las ratas una sensación de bienestar más intensa que la que les ocasionaban los estímulos naturales (comida, agua o contactos sociales). Tras aprender a pulsar «la palanca de la felicidad», los múridos dejaban literalmente de lado todo lo demás y se aplicaban por sí mismos los impulsos eléctricos con una persistencia maníaca.

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