Expresiones faciales

Nuestra singular expresividad se remonta a tres millones de años.
getty images / jason hetherington
Dos ojos situados sobre un par de ventanas nasales, suspendidas a su vez sobre una boca. Tal es el pergeño facial de los vertebrados, desde los tiburones hasta los humanos. Por óptima que resulte tal disposición para el hallazgo e ingesta de alimentos, en los mamíferos el rostro ha asumido otro rol fundamental: la comunicación. En ninguna otra especie resulta más obvia tal función que en la faz humana.
Los primates, en general, llevan una compleja vida social. Se sirven de expresiones faciales en sus interacciones mutuas. Los humanos contamos con rostros expresivos con los que manifestamos emociones (temor, felicidad, tristeza o ira). En otros tiempos, el rico repertorio de expresiones humanas fue atribuido a la posesión de músculos faciales especializados. No obstante, Anne Burrows, antropóloga de la Universidad Duquesne, ha observado que, de hecho, la musculatura facial del chimpancé apenas difiere de la del ser humano.
Sin embargo, existen dos rasgos que separan claramente nuestras expresiones faciales de las del resto de los primates. Primero, en los ojos: el iris se halla rodeado por una esclerótica blanca. En segundo lugar, los labios sobresalen del rostro y su color resulta más oscuro e intenso que el de la piel que los rodea. Tales rasgos proporcionan a nuestro semblante intensos contrastes visuales que pueden servir para comunicar mejor nuestros sentimientos.
Se ignora cuándo y cómo evolucionó en los humanos la animación del rostro, aunque pudieran encontrarse indicios en los cráneos fosilizados de nuestros antepasados. Los endovaciados (moldes de las improntas que deja el cerebro en el interior de la caja craneana) ayudan a comprender las cambiantes facultades de las regiones cerebrales a lo largo del tiempo. En el año 2000, el paleoneurólogo Dean Falk, ahora en la Universidad estatal de Florida, dirigió un análisis de los moldes correspondientes al antiguo homínido Australopithecus africanus, que vivió hace entre tres y dos millones de años. Los resultados indicaron que ciertas partes de la región temporal anterior de aquel ser eran mayores que las de los simios. Tal ampliación pudo causar que este predecesor humano procesara con mayor eficacia la información facial. En tal caso es posible que nuestra propensión a poner e interpretar caras tenga raíces muy profundas.

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