Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

1 de Abril de 2004
Emociones

Miedo e irracionalidad

Sin el instinto del miedo la especie humana no hubiera sobrevivido hasta llegar a nuestro siglo. Pero en nuestro mundo actual tememos muchas veces a cosas que no deberían despertar este sentimiento.
Todos recordamos algún momento en que el miedo nos penetró hasta la médula de los huesos. Se acelera el pulso, empezamos a sudar, nos quedamos rígidos y nos falta el aire. Muy a menudo, el miedo no sólo nos corta la respiración, sino que nos priva del sentido común. Son escasos los capaces de mantener la cabeza fría en situaciones que producen pavor: sufrir un atraco o encontrarse con una araña gigante en el pasillo. Es decir, justamente cuando necesitamos nervios de acero; si el miedo se apodera de nosotros existe una gran probabilidad de que cometamos errores, lo mismo que sucede con las emociones de amor, ira y otras.
Esa tendencia al comportamiento irracional se manifestó en las reacciones subsiguientes a los actos terroristas del 11 de septiembre de 2001. Después de difundirse la noticia de la existencia de cartas con gérmenes de carbunco y de las primeras víctimas mortales por esta causa, muchos estadounidenses, presas del pánico, se aprovisionaron de máscaras antigás, hasta vaciar los almacenes. Ahora bien, esos filtros respiratorios, harto incómodos, sólo protegen si se portan de forma permanente, lo que muy pocos llevaban a la práctica. Habían dejado de cumplir su función protectora para convertirse en antídoto contra el miedo.

Artículos relacionados

Puedes obtener el artículo en...

¿Tienes acceso?

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.