Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

Con ojos de pájaro

Los animales también sucumben a las ilusiones ópticas. Es fácil engañar al sistema visual, ya sea de un humano, de un pez o de una gallina.

El ave de emparrado macho decora el nido de apareamiento con diversos objetos para parecer más grande a ojos de las hembras. [ISTOCK / MARIE HOLDING]

En síntesis

Las ilusiones ópticas surgen porque el sistema de visión del cerebro, al analizar una huella visual, acomete errores de interpretación.

También los animales caen en la trampa de las ilusiones ópticas, aunque su cerebro presente una estructura diferente a la de los humanos. La capacidad de interpretar las impresiones sensoriales de manera razonable ha surgido en múltiples formas a lo largo de la evolución.

La reacción ante las imágenes ilusorias varía según la especie animal. Y también de individuo a individuo, al menos en los humanos. Las condiciones externas influyen.

El pasillo parece interminable y la estatua que se erige a su final, gigantesca. La galería flanqueada por columnas del patio interior del Palacio Spada, en Roma, maravilla a cualquier visitante. Es enorme. Pero engaña. Esta obra maestra del arquitecto Francesco Borromini (1599-1667) es un ejemplo clásico fascinante del estilo perspectivista del barroco. Una serie de trucos hacen que el pasillo de solo nueve metros de longitud se vea más largo y la escultura se perciba más grande de lo que en realidad son. Borromini estrechó el fondo del pasadizo, colocó allí unas columnas de menor tamaño que las primeras, elevó el suelo y rebajó el techo.

Pero casi ningún visitante del lugar sospecha que los pájaros también pueden crear ilusiones similares a las del genial arquitecto. Las aves de emparrado macho, de la especie Ptilonorhynchus nuchalis, colocan objetos delante de sus nidos de apareamiento de manera que producen una ilusión óptica bastante parecida. El equipo dirigido por John Endler, de la Universidad Deakin, observó en 2010 que las piedras más pequeñas se encontraban a la entrada del emparrado, mientras que las más grandes se hallaban al fondo. De esta forma, el macho que aguarda delante de su enramado parece de mayor tamaño a ojos de las hembras que se aproximan al nido. Esta estrategia sorprende por dos motivos. Uno, demuestra que las aves pueden ejecutar comportamientos complejos; dos, que al igual que los humanos, sucumben a las ilusiones ópticas.

El hecho de que caigamos en el engaño de estas ilusiones no debe entenderse como una deficiencia del cerebro, sino más bien como una muestra de fortaleza. La retina recibe una imagen bidimensional distorsionada con la que ha de calcular una representación tridimensional del mundo en una fracción de segundo. «Nuestro cerebro realiza una gran cantidad de suposiciones para resolver este problema con rapidez», explica Alexander Maier, investigador de la cognición de la Universidad Vanderbilt. Las personas interpretamos lo que vemos. Nuestro cerebro incluye el entorno de los objetos, completa las líneas que faltan y percibe las cosas como un todo que, además, se mueve. En ocasiones, alguno de estos mecanismos interpretativos nos engaña, como ocurre con la columnata del Palacio Spada.

Para investigar la capacidad de interpretación del cerebro, a los científicos les gusta emplear ciertas ilusiones ópticas. El psicólogo italiano Gaetano Kanizsa (1913-1993) creó bordes donde no existían. Solo dibujaba los vértices de un triángulo o de un cuadrado, y el observador completaba el resto automáticamente. Al parecer, suponemos que la figura se halla en el primer plano, de manera que cubre otros objetos que se encuentran detrás. «Es como alucinar sin drogas», describe Maier.

Una serie de figuras geométricas embaucan nuestra percepción del tamaño. La ilusión de Ponzo, que debe su nombre al psicólogo italiano Mario Ponzo (1882-1960), su creador, muestra dos líneas de la misma longitud entre dos rectas que confluyen entre sí. El cerebro lo interpreta como una representación de la perspectiva, de modo que vemos la línea que se encuentra presuntamente más lejana de mayor tamaño. La ilusión ideada por Hermann Ebbinghaus (1850-1909) se basa en un principio similar: un círculo rodeado por figuras grandes parece menor de lo que es en realidad. De manera automática, comparamos los objetos con otros elementos de la imagen.

Aunque durante mucho tiempo solo se han estudiado las ilusiones ópticas en los humanos, los investigadores de la percepción dedican cada vez más esfuerzo para responder qué ven los animales en esas imágenes. En sus experimentos intentan engañar a monos, caballos, pájaros, peces, incluso a abejorros. Y se les da sorprendentemente bien. Pero ¿cómo es posible, si los cerebros de los distintos animales se diferencian tanto entre sí? ¿Qué papel desempeña la capacidad ilusoria en la evolución?

Nuestra corteza visual, que se organiza jerárquicamente, como sucede en todos los mamíferos, procesa la información paso a paso. Las neuronas de la primera capa, denominada corteza visual primaria o V1, reaccionan a estímulos sencillos, por ejemplo, contornos y bordes que se mueven en una determinada dirección. Desde aquí, las señales se dirigen hacia áreas cerebrales superiores, en las que las neuronas procesan estímulos cada vez más complejos. En los humanos, la región V4 codifica las formas geométricas. El siguiente nivel de interconexión, la corteza inferotemporal, analiza los rostros.

Maier pretende averiguar los circuitos neuronales del cerebro que contribuyen a que los primates perciban las ilusiones ópticas, entre estas, las figuras de Kanizsa. «Aunque los trabajos más antiguos en este campo se remontan veinte años atrás, todavía no conocemos con exactitud el funcionamiento de este proceso», señala. Estudios anteriores han revelado que las células de V1 y V2reaccionan a contornos imaginarios; no obstante, parece que eso no funciona sin la ayuda de áreas cerebrales superiores, como V4.

En colaboración con el grupo dirigido por David Leopold, del Instituto Nacional de la Salud Mental en Bethesda, Maier descubrió en 2013 que las neuronas de V4 de los monos rhesus (Macaca mulatta) se activan cuando el animal observa figuras de Kanizsa. Los investigadores supusieron que estas células cumplían una función central en las ilusiones. «Para percibir la ilusión óptica deben integrarse diversas zonas del campo visual; por consiguiente, todos los símbolos en forma de comecocos que se hallan en las esquinas tienen que ser computados por una neurona. Eso pueden hacerlo las células que se alojan en V4, pero no las que se encuentran en V1 o V2», aclara el científico.

Es posible que también V4 reciba datos «desde arriba». En otro trabajo se observó que siempre que las células de V4 reaccionaban a contornos ilusorios enviaban impulsos rítmicos en una frecuencia de alrededor de cinco hercios. «Nos entusiasmó constatar este fenómeno, pues ello es un signo distintivo de la capa inmediatamente superior, de la corteza inferotemporal», indica Maier. Por tanto, en las ilusiones de Kanizsa, las capas superiores del sistema visual trabajan de manera conjunta.

Engañar a los peces

¿Solo el cerebro de los primates puede sucumbir a las ilusiones ópticas? En 2009, Valeria Anna Sovrano y Angelo Bisazza, de las universidades de Trento y Padua, respectivamente, comprobaron que se puede engañar a los peces. Los investigadores introdujeron ejemplares de mexclapique de cola roja (Xenotoca eiseni) en una piscina con dos aberturas, las cuales conducían a un gran acuario con alimento y en el que vivían otros congéneres. Sin embargo, una de ambas salidas estaba bloqueada. En experimentos previos, los peces aprendieron a distinguir el camino correcto a través de indicaciones que consistían en triángulos o cuadrados. Esa estrategia funcionó asimismo cuando las figuras carecían de bordes reales. Se demostró que los peces podían completarlas a partir de la percepción ilusoria.

Esta capacidad la presentan también otros animales. En 2014, un equipo de la Universidad de Bonn dirigido por Theodora Fuss comprobó que las lechuzas y los gatos, e incluso los peces cartilaginosos, entre estos el escualo pintarroja colilarga gris (Chiloscyllium griseum), reconocen las figuras de Kanizsa. Los tiburones se encuentran entre los animales vertebrados evolutivamente más antiguos, por lo que albergan una herencia ancestral.

Con todo, solo los mamíferos poseen una corteza cerebral genuina. «El cerebro de las aves y el de los peces apenas puede compararse con el nuestro», afirma Maier. «Sin embargo, a nivel abstracto, se asemeja a la corteza de los primates.» A «nivel abstracto» quiere decir que no se trata de las mismas estructuras anatómicas. «Las capacidades implementadas en estructuras anatómicas diferentes se basan, a nivel funcional, en algoritmos similares», apunta Maier. La capacidad de completar contornos de manera automática resulta tan importante para la supervivencia que surgió en repetidas ocasiones a lo largo de la evolución. Cuando un depredador está apostado tras un árbol o una presa se esconde en una pradera, sus contornos se encuentran parcialmente tapados. Al parecer, reconocerlos rápidamente funciona incluso sin corteza cerebral.

Parece que algunas aves perciben las ilusiones geométricas de forma distinta a nosotros. Ello se observa sobre todo con la ilusión de Ebbinghaus, en la que un círculo central se percibe de menor tamaño si lo rodean otros más grandes.

Noriyuki Nakamura, de la Universidad de Kioto, y su equipo enseñaron a palomas (Columbia livia) y a gallinas (Gallus gallus domesticus) a distinguir el tamaño de los círculos. Cuando picoteaban sobre la figura correcta recompensaban a los animales con comida. De manera progresiva, los científicos incluyeron los círculos exteriores de la ilusión de Ebbinghaus. El resultado fue sorprendente. Kazuo Fujita, uno de los autores de la investigación, explica: «Nuestros estudios muestran que estas dos especies perciben la ilusión de Ebbinghaus a la inversa». Para ambas, el círculo parecía de menor tamaño cuando lo rodeaban esferas pequeñas, y viceversa.

La visión global de los objetos

Al contrario que las palomas y las gallinas, nosotros experimentamos el efecto de contraste: cuando una persona procesa diferentes objetos al mismo tiempo, se incrementa la percepción de diferencia de tamaño: los círculos parecen menores cuando se hallan rodeados por otros mayores. Esta habilidad se debe al estilo de procesamiento global. Los efectos de contraste solo aparecen cuando el cerebro procesa al mismo tiempo distintos elementos de la imagen que se encuentran a cierta distancia entre sí. Al parecer, el sistema visual de las gallinas y las palomas carece de esta habilidad; se concentran más en lo local, de modo que no reaccionan a los efectos de contraste de orden superior.

¿Se requiere una corteza cerebral humana para percibir el mundo de forma global? Aunque durante un tiempo se aceptó esta hipótesis, en la actualidad diversos estudios ponen en entredicho ese supuesto. Sovrano y sus colaboradores introdujeron en 2015 mexclapiques de cola roja en la piscina que disponía de dos aberturas. En esta ocasión, los peces tenían que orientarse a través del tamaño de círculos para llegar hasta las salidas. En otras palabras, se les enfrentó a la ilusión de Ebbinghaus. Los animales se mostraron sorprendentemente humanos: tomaron el círculo interior por más pequeño cuando este estaba rodeado de figuras de mayor tamaño. ¿Conclusión? Los peces también reaccionan al contraste, aunque no posean corteza cerebral.

¿Se puede afirmar que las gallinas y las palomas están privadas de la visión global? No por completo. Las aves pasan mucho tiempo picando grano, por lo que focalizan su mirada en el entorno más cercano. «Creemos que un modo de visión con orientación local las ayuda a encontrar comida», comenta Fujita. En 2013, Orsola Rosa Salva y su equipo de la Universidad de Trento demostraron con polluelos de gallina que en ocasiones también reaccionan a las ilusiones de Ebbinghaus como los humanos. Esta vez, los animales no debían picotear las figuras como en el experimento del grupo japonés, sino observarlas desde una distancia determinada. De esta manera, los pollitos percibían la imagen como un todo, con lo que experimentaban el efecto de contraste.

Estos hallazgos muestran que dar una respuesta única resulta complicado. Las figuras de Ebbinghaus no solo son vistas de forma diferente por los distintos animales; la percepción también depende de la actividad que el individuo esté realizando en ese momento. El efecto de contraste solo aparece cuando el cerebro procesa la figura como un todo. En las personas, con su estilo de procesamiento más bien global, ocurre casi siempre; pero en las gallinas o en las palomas, solo a veces.

A pesar de todo, no solo las diferentes especies animales registran las ilusiones ópticas de forma distinta, sino también cada humano. «Algunas personas reaccionan con más intensidad o de forma más inmediata a las ilusiones que otras», aclara Sovrano. Y añade: «Sobre todo las ilusiones más “suaves” no se perciben por igual. Sin embargo, la ilusión de Ebbinghaus es bastante robusta.»

Observe la imagen superior de la página 75. ¿Le parece que los círculos giran? Si su respuesta es afirmativa, pertenece a la mayoría de la población, pues no todas las personas perciben el movimiento ilusorio que generan las serpientes giratorias. El equipo de Simone Gori, de la Universidad de Padua, comprobó en 2014 que los peces como el danio cebra (Danio rerio) y el lebiste o guppy (Poecilia reticulata) también sucumben a esta ilusión.

¿Cómo es ser una gallina?

Tampoco todas las personas se dejan engañar por las figuras de Kanizsa en la misma medida. Esta ilusión no funciona en los niños pequeños. La propensión a experimentar tales ilusiones ópticas se desarrolla entre los cuatro y los siete años de edad, como constató en 2015 el equipo de Lynne Kiorpes, de la Universidad de Nueva York.

¿Cómo ven el mundo los animales? No lo sabemos, porque no podemos ponernos en su pellejo. Nos sigue resultando inimaginable cómo es mirar a través de los ojos de una gallina o de un pez. Sin embargo, las ilusiones ópticas nos ayudan a construirnos una idea de su mundo experiencial. Además, nos proporcionan indicios de cómo surgió el sistema visual durante la evolución y el modo en que se ha ido adaptando a determinadas circunstancias.

La investigación sobre las ilusiones ópticas en animales no ha hecho más que empezar, pero ya nos ha revelado que las capacidades de percepción que se atribuyen únicamente a la compleja interconexión neuronal de la corteza humana no solo las presentan otros mamíferos, sino también aves y peces. Ello no significa que cada especie perciba el mundo de igual forma. Existen diferencias según el nicho ecológico, las tareas y las preferencias individuales. Investigar dónde radican esas disimilitudes en los animales puede ayudar a entender mejor el sistema visual humano.

Puedes obtener el artículo en...

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.