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1 de Julio de 2016
Reseña

Desentrañar los misterios de la consciencia

Los intentos por encontrar una explicación naturalista, ¿fallidos?

LA CONCIENCIA ­INEXPLICADA
Juan Arana Cañedo-Argüelles
Biblioteca Nueva, 2015


El estudio de la consciencia es uno de los caballos de batalla de las ciencias cognitivas en nuestros días. Por otro lado, la aproximación naturalista, que propone la explicación de la consciencia a partir de su estructura física-biológica, constituye la tendencia con mayor predicamento en la actualidad. Por ambos motivos, tema y orientación, el profesor Arana dedica un libro al estudio de las diversas aproximaciones naturalistas de ese complejo fenómeno que llamamos consciencia. Sin ser un experto en la materia, algo que reconoce sin ambages y sobre lo cual no cabe duda alguna, el autor realiza un pormenorizado análisis histórico y conceptual de los intentos naturalizadores de la consciencia. El libro sigue una estructura temática desarrollada en seis secciones que abarcan, por este orden, la descripción de los diversos tipos de naturalización de la consciencia, las explicaciones físico-químicas de esta, el debate sobre las relaciones entre mente-máquina-consciencia, la consciencia vista desde la inteligencia artificial, también desde las neurociencias, y la paradoja de intentar explicar un fenómeno que el autor considera inexplicable. En el breve epílogo final, Arana corona la obra con sus más personales reflexiones sobre el tema expuesto.

Repasemos las ideas principales siguiendo el orden que propone el libro, si bien antes tomaremos la palabra al autor para indicar las preguntas que hilvanan el volumen. ¿Es naturalizable la consciencia? De ser así, ¿alteraría la imagen que de sí mismo tiene el ser humano? (El autor dice literalmente «hombre», aunque supongo que considera que las mujeres también tienen consciencia; el lenguaje o es preciso o no es nada.) El planteamiento básico que vertebra la totalidad del libro propone que la consciencia no puede ser naturalizada ni explicada por ningún otro método. Si la consciencia es descrita como la dimensión «autotransparente de la vida psíquica», Arana introduce al carácter experiencial un matiz moral, puesto que entonces el sujeto puede verse «como protagonista y responsable de sus actos». Aquí se sitúa el punto de inflexión nunca explicitado: el miedo del autor a equiparar la consciencia a sus correlatos físico-químicos y, por tanto, a una justificación naturalista de las acciones morales. Al final del libro, el autor intenta aportar un cierre categorial al debate resumiendo el problema en dos ejes: el nomológico y el nomogónico. En el primero, que consiste en el proceso de seguir leyes, sitúa al cuerpo (y al cerebro que este contiene), mientras que en el segundo adscribe la consciencia, la cual prescribe leyes (sic, debería decir «normas», puesto que las leyes naturales no tienen el mismo valor ontológico que las normas morales). Además, la consciencia prescribe leyes (sic, de nuevo) acorde a su dignidad. A qué se refiere Arana con estas palabras constituye un misterio aún más insondable que el que crea en torno a la consciencia. Plantea el problema como si el proyecto naturalista justificara la posibilidad de la falacia naturalista, al mismo tiempo que una aproximación materialista causalista disminuyera el valor de la consciencia, una estructura cognitiva compleja. De nuevo, el problema religioso de la libertad moral versus el determinismo biológico aparece camuflado bajo las sombras todavía existentes del debate naturalista.

Dejando de lado estas motivaciones, el autor desarrolla un útil repaso de los principales autores (Llinás, Damasio, Dennet, Penrose, Churchland, Crick, Koch, Minsky, Gardner, entre otros) y discusiones sobre la naturaleza de la consciencia (pampsiquismo, epifenomenismo, determinismo, ocasionalismo, conexionismo, dualismo), si bien intenta defender el honor de autores defenestrados por la neurología y el pensamiento contemporáneo, Descartes, Spinoza o Kant, por nombrar algunos. También incorpora al debate clásico propio de la filosofía las discusiones recientes sobre la inteligencia artificial, todavía encallada en numerosas discusiones semánticas y operativas (la caja china de Searle o el test de Turing). Siguiendo con la polémica maquínica, Arana incluso afirma que aquellos que defienden el ser humano como una máquina biológica son «antihumanistas», puesto que, en su opinión, no puede emerger la consciencia de la no consciencia material, planteamiento que retoma el horror vacui de la creación ex nihilo. Si se deja de lado el repaso de algunos de los debates y modas sobre el estudio de la consciencia, el libro contiene demasiados dislates conceptuales y errores para que pueda contemplarse como una lectura pertinente. O al menos eso me dicta mi consciencia, si es que es algo, puesto que ahora parece que nunca sabremos nada a ciencia cierta sobre la misma.

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