El alquimista del alma

El farmacéutico y químico Alexander Shulgin creó casi la mitad de las drogas de diseño que se conocen hoy en día: más de cien. Comprobaba los efectos de las sustancias en su propia persona.

Alexander Shulgin (1925-2014) descubrió en su aparentemente caótico laboratorio las fórmulas de numerosos psicotrópicos sintéticos. [CORBIS / SCOTT HOUSTON]

En síntesis

El químico estadounidense Alexander Shulgin (17 de junio de 1925-2 de junio de 2014) quería socializar los psicotrópicos. A lo largo de su vida, desarrolló más de 100 variantes y publicó sus fórmulas.

Las sustancias psicotrópicas alteran las experiencias y sensaciones. Quienes las consumen perciben su mundo interior y exterior de otra manera. El riesgo de adicción es muy bajo.

La MDMA o éxtasis era la droga favorita de Shulgin. Inunda el cerebro de serotonina y de una sensación de bienestar, No obstante, su consumo prolongado deja tras de sí daños neuronales.

La primera vez que Alexander Shulgin experimentó con «sustancias curiosas» tenía siete años de edad. Alguien le había regalado un juego de química que contenía, entre otros compuestos, ácido sulfúrico y bicarbonato sódico. Pero Sascha, como le solían llamar, en seguida se aburrió del juguete infantil. Empezó a reunir polvos de tiendas y garajes y a «cocinar» con ellos. Las mezclas silbaban y apestaban; las llamas cambiaban de color. Y los reactivos se convertían en productos nuevos y maravillosos.

Visité a Shulgin en la primavera de 2001. Su laboratorio recordaba al de un alquimista. Ocupaba el cobertizo de chapa ondulada de su finca de California. Las bajas temperaturas invernales de las colinas de San Francisco le venían como anillo al dedo. «De esta manera, las sustancias químicas duran más», explicaba Shulgin. La desordenada cabellera canosa, la barba blanca y la camisa hawaiana que vestía le daban un aspecto a medio camino entre hippie tardío, hechicero e investigador genial.

Cuando tenía frío, encendía un fuego en un rincón del cobertizo. El brillo de las llamas se reflejaba en el caos de tuberías, serpentines de destilación y matraces de Erlenmeyer que colgaban de varillas oxidadas. Unos dos mil frascos de vidrio con reactivos, microbalanzas, bombas de vacío, telarañas y hasta un muñeco de vudú llenaban el lugar. «Todo laboratorio que se precie debería tener uno», afirmaba Shulgin.

Ningún químico actual conseguiría tanto como él en un entorno tan primitivo. Describió sus síntesis en 150 publicaciones, 20 patentes y tres libros. La más conocida de sus producciones se denomina 3,4-metilendioximetanfetamina, MDMA o éxtasis: la droga recreativa de toda una generación.

Firme hasta el día de su muerte

Probablemente nadie ha ahondado con tanto detalle y tanta seriedad en el ámbito de las drogas y sus efectos como Shulgin. La MDMA era su droga favorita. Hace ya mucho tiempo que se sospecha que, a largo plazo, daña el cerebro de quienes la consumen. Pero Shulgin se murió convencido de que el éxtasis podía considerarse una bendición para la humanidad. Esgrimía todos los argumentos posibles para defender la reputación de su «hijo descarriado».

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