Mitos de ayer y de hoy

Su inexplicada resistencia a desaparecer

NEWTON'S APPLE AND OTHER MYTHS ABOUT SCIENCE
Dirigido por Ronald L. Numbers y Kostas Kampourakis
Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts, 2015

Vivimos sumergidos en un piélago de falsas creencias, de las que no se halla exento el mundo de la ciencia. Mitos reales que conviven con verdades demostradas. Es un mito el crecimiento exponencial de la población mundial; de hecho, ha venido cayendo desde 1970 como resultado, entre otros factores, de la generalización de la educación sexual de la mujer. No es un mito, en cambio, la insuficiencia de los recursos a medida que va creciendo el consumo en los países en vías de desarrollo. La población mundial, cifrada ahora en unos 7300 millones de personas, alcanzará en 2050 los 9700 millones. Se cultivan cereales con potencialidad suficiente para abastecer a 10.000 millones de humanos por lo menos. Pero un 55 por ciento del alimento generado se reparte entre alimentar el ganado, convertirlo en combustible o echarlo a la basura. Ni siquiera lo que resta se distribuye equitativamente, sino que existe un abismo entre ricos y pobres. No hay superpoblación, sino superpobreza.

Los mitos se resisten a morir, perjudican a las personas y frenan el avance de la ciencia. Todo empeño en rebatirlos resulta contraproducente y refuerza su radicación. Veintisiete mitos populares sobre la ciencia y su historia se recogen en esta compilación académica. Pese a estar refutados por la investigación, cursan como verdades aceptadas. No hubo ciencia en la Edad Media, alquimia y astrología caían en el campo de la superstición; Galileo rebatió las conclusiones de Aristóteles sobre el movimiento; el miedo a la reprobación pública llevó a Charles Darwin a retrasar su teoría de la evolución; Gregor Mendel fue un pionero adelantado de la genética, y Louis Pasteur refutó la generación espontánea sobre la base de la objetividad científica. Se repite sin cuestionar que, antes de los viajes de Cristóbal Colón, la gente creía que la Tierra era plana, que la caída de una manzana le sugirió a Isaac Newton la ley de la gravedad y sustituyó a Dios por la verdad objetiva, por no citar mitos del siglo XX sobre física de partículas, teoría einsteiniana de la relatividad, etcétera.

Desde finales de siglo XIX un mito que muchos consideran hoy verdad apodíctica ha tomado carta de ciudadanía: la religión impide el progreso de la ciencia.

Para Jerry A. Coyne, ciencia y fe son fundamentalmente incompatibles. Por idéntica razón que son incompatibles racionalidad e irracionalidad. Solo la ciencia estaría equipada para descubrir la verdad real. En esa misma onda, Sam Harris declara que el conflicto entre religión y ciencia es intrínseco y, muy probablemente, de suma cero. El éxito de la ciencia llega a expensas del dogma religioso: el mantenimiento del dogma religioso siempre es a expensas de la ciencia. De acuerdo con este mito extendido, religión y ciencia constituyen opuestos polares que compiten por explicar el mismo territorio. Aunque los historiadores de la ciencia hace tiempo que denunciaron semejante embeleco, conocido por hipótesis del conflicto, la verdad es que no resulta fácil erradicarlo, pues para muchos se ha convertido en signo de identidad de la ciencia moderna.

No recogidos en este libro, hay mitos que condicionan el quehacer científico y son de interés para el lector. La idea de que la detección precoz salvaba vidas surgió a principios del siglo xx, cuando los médicos vieron que obtenían mejores resultados si los tumores se identificaban y los síntomas se atajaban en fase temprana. El paso siguiente fue inferir que, cuanto antes se detectara un tumor, más posibilidades de sobrevivir había. Pero los ensayos aleatorios han mostrado que un barrido precoz no salva la vida. Una revisión Cochrane de cinco ensayos clínicos controlados al azar que abarcaban un total de 341.342 participantes hallaron que el barrido no reducía el número de fallecimientos por cáncer de próstata. Muchos cánceres se desarrollan lentamente y no entrañan especial riesgo si se les deja a su albur.

A mediados del siglo XX, Denham Harman sugería que el envejecimiento se debía a los radicales libres, moléculas reactivas que se sintetizan en el cuerpo como subproductos del metabolismo, que provocaban lesiones celulares. Muchos se sumaron a esa hipótesis sobre la relación entre radicales libres y envejecimiento y agregaron que los antioxidantes, moléculas que neutralizan los radicales, potenciaban la salud. En los años noventa se generalizó la costumbre de tomar suplementos antioxidantes, como vitamina C y betacarotenos. Pero diez años más tarde, los científicos quisieron estructurar esa teoría y crearon ratones que, por ingeniería genética, sobreproducían radicales libres; contra lo esperado, vivían lo mismo que los ratones normales.

A menudo situamos al cerebro, correlato neuronal de la cognición, en el pináculo de la evolución debido a su tamaño desproporcionado en relación al cuerpo así como a la densidad de neuronas y células de soporte o glía. Cierto es que el cerebro humano es unas siete veces mayor que lo que cabría esperar si lo comparamos con el de animales de tamaño similar; pero no es único, pues múridos y delfines alcanzan las mismas proporciones, incluso algunas aves presentan una proporción mayor. En realidad, el cerebro humano respeta las reglas de escala. Se ha inflado también el número de células. Artículos, revisiones y manuales repiten una y otra vez que nuestro cerebro posee 100.000 millones de neuronas. Mediciones más finas rebajan esa cifra a 86.000 millones. Aunque eso pueda parecernos un error de redondeo, no podemos olvidar que los 14.000 millones de neuronas de diferencia equivalen al cerebro de dos macacos.

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