Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

Reparto del poder en una ciudad mesopotámica

Mashkan-shapir fue por breve tiempo una de las ciudades más importantes del mundo. Sus restos arqueológicos cuestionan las ideas tradicionales en cuanto a la distribución del poder en las primeras sociedades urbanas.

Los restos de las ciudades más antiguas del mundo sobresalen en el paisaje del sureste de Irak. Durante casi dos siglos de excavaciones, los arqueólogos se han planteado infinidad de preguntas sobre el significado de los objetos hallados. De estas ciudades, construidas a lo largo de cinco milenios y medio de ocupación intermitente, quedan hoy los tells, montículos de ruinas y objetos asociados, que pueden tener más de un kilómetro de diámetro y superan en ocasiones los 30 metros de altura. Babilonia, Ur, Uruk, Nippur y Kish han proporcionado abundantes datos sobre la cultura material de la sociedad mesopotámica. Gracias a la extraordinaria resistencia de las tablas de arcilla que empleaban para escribir, nos han llegado también de­tallados testimonios textuales sobre sus instituciones políticas, intelectuales, religiosas y sociales.

Sin embargo, es aún poco conocida la organización física y social de aquellas antiquísimas ciudades. Por varias razones. Aunque resulte paradójico, la misma exuberancia de datos nos ha sumido en la ignorancia. Los tells son tan enormes, que ni los equipos mejor financiados pueden excavar más que pequeñas fracciones de cada ciudad. Y, peor aún, las trazas de los edificios que desentierran los arqueólogos no re­presentan, generalmente, una ciudad que existiera de hecho en un tiem­po determinado. Unas veces se edificaba sobre estructuras preexistentes; otras se derribaban o las transformaban en las nuevas. Parecido proble­ma se les plantearía —imaginémos­lo— a unos arqueólogos que, dentro de unos cuantos miles de años, trataran de hacerse una idea de Londres: se encontrarían con una mezcolanza de restos de rascacielos modernos, edificios victorianos, castillos normandos y hasta un castro romano; les sería, pues, casi imposible reconstruir el aspecto que tuvo la ciudad durante un período determinado.

Puedes obtener el artículo en...

¿Tienes acceso a la revista?

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.