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1 de Enero de 2015
Sistemas complejos

Complejidad, tecnología y sociedad

La evolución técnica y social de la humanidad ha estado marcada por la necesidad de controlar un entorno de complejidad creciente. ¿A qué se debe esa tendencia? ¿Cómo está afectando a la ciencia, la educación y las formas de gobierno?

Este mosaico (Everybody's hive, acrílico sobre lienzo del autor) evoca varias de las características que permiten entender nuestras sociedades desde la perspectiva de los sistemas complejos. El color de cada individuo ha sido escogido al azar, pero con la restricción de que no puede coincidir con el de ninguno de sus vecinos. Como resultado, emerge un patrón cromático que sigue reglas locales bien definidas pero cuya estructura global no puede predecirse a priori. [CORTESÍA DE CARLOS GERSHENSON]

En síntesis

La tecnología ha ejercido un efecto profundo sobre nuestras sociedades. Por un lado, nos permite afrontar la complejidad del entorno; por otro, también la incrementa.

Esa tendencia puede explicarse a partir de la ley de la variedad requerida, un resultado demostrado hace más de cincuenta años en el contexto de la cibernética.

La retroalimentación tecnológica ha llevado a la ciencia a un punto de inflexión. Gracias a los ordenadores, hoy resulta posible analizar fenómenos complejos.

Una ciencia de los sistemas globales permitiría manejar los retos científicos, educativos y sociales a los que se enfrentará un planeta cada vez más conectado.

Nuestras sociedades se han vuelto cada vez más complejas. Globalización, conectividad, información... son palabras que oímos con frecuencia y que reflejan ese incremento de complejidad. Nuestros sistemas económicos, sociales o culturales cada vez conectan más elementos, presentan más interacciones y operan a mayor velocidad. ¿Cómo hemos podido afrontar ese aumento de complejidad con un cerebro que, en esencia, no difiere del de nuestros ancestros paleolíticos?

Esa progresión ha sido posible gracias a la tecnología. Su efecto sobre nuestras sociedades es doble: por un lado, nos permite manejar la complejidad; pero, por otro, también la genera. ¿Hacia dónde nos lleva esta tendencia?

Para entender mejor el problema, debemos primero aclarar a qué nos referimos al hablar de complejidad. Es común oír que nuestro mundo, nuestras ciudades, el lenguaje o el cerebro son complejos. Pero ¿qué es la complejidad?

El término procede del latín plexus, que significa «entretejido». Algo complejo resulta difícil de desmenuzar: no podemos separar sus partes constituyentes y estudiarlas de manera aislada porque son interdependientes.

Todo sistema complejo se caracteriza por la existencia de interacciones relevantes entre sus componentes. El comportamiento del conjunto no puede predecirse sin considerar dichas interacciones, ya que estas codeterminan el estado futuro de los componentes y, por tanto, del sistema. Más aún: esas interacciones pueden generar información nueva, que no se encuentra en las condiciones iniciales ni en las de frontera, lo cual limita de manera inherente nuestra capacidad para predecir el comportamiento de un sistema complejo.

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