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Actualidad científica

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  • Enero/Marzo 2019Nº 95

Sistemas complejos

Lenguaje, redes y evolución

La teoría de redes y la física de sistemas complejos aportan nuevas pistas sobre los orígenes y la evolución del lenguaje.

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El empleo de un sistema de comunicación simbólico capaz de transmitir información compleja constituye un rasgo exclusivo de nuestra especie. Aunque ciertos animales parecen poseer algunos de sus elementos precursores, el nivel de desarrollo del lenguaje humano carece de émulo en el mundo natural. Tampoco existe ninguna máquina que logre acercarse —aún— a sus extraordinarias cualidades. Para numerosos científicos, fue la aparición del lenguaje lo que cambió para siempre nuestra manera de adaptarnos al mundo; gracias a él, habríamos dejado de ser una especie más para convertirnos en una capaz de transformar el entorno. Pero ¿cómo tuvo lugar la transición desde el protolenguaje hacia el sistema comunicativo complejo y plenamente desarrollado con el que contamos hoy? ¿Qué elementos hicieron posible ese cambio?

Como ha señalado el lingüista Derek Bickerton, el lenguaje no deja fósiles, por lo que para responder a tales preguntas nos vemos obligados a recurrir a datos indirectos. Así, al estudiar los cambios culturales relacionados con el arte o con la fabricación de herramientas a lo largo de la evolución humana, se observan transiciones que parecen obedecer a sucesivas mejoras en nuestras facultades cognitivas y —suponemos— comunicativas. El aumento del volumen del cerebro y de las zonas asociadas al habla ha permitido asimismo inferir posibles transiciones en el grado de complejidad del lenguaje. Durante los últimos años, también la genética ha comenzado a aportar elementos de análisis, como el descubrimiento del gen FoxP2, cuya mutación causa trastornos en el habla. Su secuencia genética en los neandertales coincide con la nuestra, lo que sugiere que algunos de los aspectos clave del lenguaje ya se encontraban presentes en aquella especie.

La existencia de tales indicios corrobora otra afirmación de Bickerton: «Nada ocurre en el mundo sin que deje una marca, por sutil e indirecta que esta sea». A lo largo de la historia, el análisis de esas marcas, su naturaleza y sus orígenes (genéticos, culturales, o ambos) ha dado lugar a grandes debates en el ámbito de la lingüística. Estos, sin embargo, han permanecido casi siempre alejados de la ciencia empírica, basada en la validación de hipótesis y la propuesta de modelos teóricos.

Esa situación ha comenzado a cambiar hace poco. Durante los últimos años, la lingüística ha visto nacer un programa de investigación interdisciplinar caracterizado por el empleo de herramientas tradicionalmente asociadas a la matemática y a la física estadística. Entre ellas destaca el análisis de los sistemas complejos y la forma en que estos experimentan transiciones bruscas entre sus niveles de organización. En física, llamamos sistemas complejos a aquellos que, formados por un gran número de elementos, exhiben propiedades «emergentes». Estas se caracterizan por el hecho de que, aunque aparecen como consecuencia de la interacción entre los componentes individuales del sistema, no pueden explicarse a partir de la simple «suma» de estos. El lenguaje humano pertenece a esta clase de sistemas. Al igual que un hormiguero no puede describirse como un simple agregado de insectos, tampoco el lenguaje se limita a la yuxtaposición de un conjunto de palabras.

En una serie de trabajos recientes hemos abordado el estudio cuantitativo del lenguaje desde esta perspectiva sistémica. A pesar de que las lenguas del mundo exhiben diferencias notables en su léxico y gramática, todas ellas parecen compartir unos patrones de organización universales y leyes estadísticas comunes. El análisis de esas pautas genéricas nos ha permitido profundizar en varios aspectos relativos a los orígenes de la complejidad en el lenguaje, desde los mecanismos que rigen la adquisición de la sintaxis en el niño hasta la caracterización del lenguaje humano como un sistema de comunicación eficiente, flexible y con una capacidad informativa ilimitada.

El mundo pequeño del lenguaje humano

A la hora de abordar el problema de la arquitectura del lenguaje, un enfoque nuevo y prometedor se apoya en la teoría de redes, un campo que ha experimentado un desarrollo espectacular durante las últimas décadas. La idea esencial consiste en tratar las palabras como elementos básicos, determinar ciertas propiedades que permitan conectarlas y estudiar la estructura del entramado resultante.

A modo de ejemplo, consideremos el conjunto de voces que denotan animales y llevemos a cabo el siguiente experimento: fijaremos un límite de tiempo de algunos segundos y, durante ese intervalo, pronunciaremos los nombres de todos los animales que acudan a nuestra mente. Si el lector lo intenta, tal vez obtenga una lista como

 

perro, gato, caballo, delfín, ballena, cachalote...

 

A medida que el tiempo se vaya agotando, es probable que comiencen a aparecer animales menos comunes y que nos cueste más hallar nuevos ejemplos. En cualquier caso, lo que sí sucederá es que la secuencia generada estará lejos de resultar azarosa. Dos palabras contiguas casi siempre guardan algún tipo de relación, ya sea porque denotan animales de compañía, marinos, o tal vez porque pertenecen a alguna clase poco común en nuestra vida cotidiana, como reptiles o insectos. Para elaborar la lista, nuestro cerebro recurre a asociaciones con un claro sentido semántico: relaciona distintas propiedades (como tamaño, hábitat o familiaridad) y su evaluación en términos de semejanza determina la elección del siguiente animal.

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