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1 de Septiembre de 2006
Oncología

Células madre, ¿culpables del cáncer?

Un lado oculto de las células madre, su capacidad para tornarse malignas, constituye el origen de algunos tipos de cáncer, si no de muchos. Del seguimiento y destrucción de estas escurridizas células asesinas dependería la erradicación de la enfermedad.

KENN BROWN

En síntesis

Se halla muy extendida la idea de que todas las células cancerosas poseen idéntica capacidad para proliferar y propagar la enfermedad. La verdad es que, en numerosos tipos de cáncer, solo un pequeño subconjunto de células tumorales cuenta con esa facultad.

Las células tumorigénicas comparten algunos rasgos cruciales con las células madre: entre otros, una esperanza de vida ilimitada y la capacidad para generar una amplia gama de otros tipos celulares. Por ello se las considera células madre cancerosas.

Se cree que estos progenitores malignos provienen de fallos en la regulación por parte de células madre lesionadas o de su progenie inmediata.

Para erradicar la enfermedad, los tratamientos antitumorales deberían dirigirse contra las célu­las madre cancerosas.

Tras más de 30 años de guerra declarada contra el cáncer, se han cosechado victorias importantes. La tasa de supervivencia de ciertos cánceres infantiles alcanza hoy el 85 por ciento, cuando antaño el diagnóstico suponía una sentencia de muerte. Para otros procesos cancerosos existen nuevos medicamentos que, al menos, mantienen a raya la enfermedad, convirtiéndola en un mal con el que el paciente puede convivir. Por ejemplo, en 2001 se aprobó el Gleevec para el tratamiento de la leucemia mielógena crónica (LMC). El fármaco ha supuesto un éxito clínico notable: ha logrado que la enfermedad remitiera en numerosos pacientes. Con todo, estos no han sanado, pues conservan un remanente de células malignas que se encargan de mantener la enfermedad.

Desde hace tiempo viene aceptándose la idea de que cualquier célula cancerosa que permanezca en el organismo podría reproducir la enfermedad. De ahí que los tratamientos actuales se centren en matar el mayor número posible de células cancerosas. Sin embargo, en numerosos casos el éxito de esta estrategia es todavía una cuestión de azar; para los pacientes que se encuentran en las fases avanzadas de los procesos cancerosos con tumores sólidos más frecuentes, la prognosis resulta desalentadora.

Además, hoy sabemos que en el caso de la LMC y otros tipos de cáncer solo un pequeño porcentaje de las células del tumor poseen capacidad de producir tejido canceroso nuevo; la destrucción de tales células constituiría una forma mucho más eficaz de acabar con la enfermedad. Porque son el motor que impulsa el crecimiento de células cancerosas nuevas y, con toda probabilidad, el origen mismo del proceso canceroso, se denominan células madre cancerosas. Hay, sin embargo, quien piensa que estas células han sido células madre normales, o sus descendientes indiferenciados, que han sufrido un proceso de transformación maligna.

No es nueva esa idea de que una población restringida de células madre malignas produzca cáncer. La investigación sobre las células madre comenzó con los estudios realizados durante los años cincuenta y sesenta del siglo pasado sobre tumores sólidos y ­hemopatías. Gran parte de los principios que gobiernan la génesis y el desarrollo del tejido sano se descubrieron a través de la observación de cómo descarriaban los procesos normales.

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