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Desde la Revolución Industrial­, la humanidad ha logrado avan­ces extraordinarios en campos como la medicina, la agricul­tura y la industria. Esos logros han contribuido a que nuestra esperanza de vida haya aumentado enormemente en el último siglo y también han mejorado nuestra calidad de vida. Sin embargo, uno de los peajes que hemos tenido que pagar por estos desarrollos ha sido la contaminación. La fabricación de ciertas sustancias, así como su uso y eliminación, han alterado la composición de la atmósfera, las masas de agua dulce y los océanos, y han transformado el paisaje y la biosfera. ¿Cómo están afectando a nuestra salud las sustancias contaminantes? ¿Qué repercusiones tienen en el ambiente y en la vida silvestre? ¿Qué podemos hacer para revertir o mitigar los daños? En este nuevo monográfico de la colección TEMAS presentamos una selección de artículos sobre investigaciones recientes que buscan y aportan respuestas a estos interrogantes.

Una parte importante de los problemas asociados a la contaminación derivan del hecho de que una gran proporción de la población mundial se concentra en las ciudades, donde se generan enormes cantidades de residuos. El aire urbano contiene una mezcla compleja de sustancias y partículas sólidas de diferente tamaño procedentes sobre todo de las emisiones de los automóviles y las calefacciones domésticas. Los contaminantes atmosféricos van a parar a los pulmones. Los de menor tamaño pasan luego a la sangre y se distribuyen por todo el organismo. Incluso atraviesan la barrera hematoencefálica y llegan hasta el cerebro, donde contribuyen al deterioro cognitivo. Además, ciertos compuestos presentes en objetos de uso cotidiano, como cosméticos, productos de limpieza, envases alimentarios o materiales textiles, se acumulan en nuestro cuerpo y alteran la acción de las hormonas. Y como consecuencia de las actividades humanas, el agua de consumo de numerosas partes del mundo presenta niveles preocupantes de varios contaminantes, como los compuestos perfluorados y el arsénico.

Los humanos hemos alterado el ambiente al diseminar por mares y continentes productos difíciles de degradar, como plásticos, hormigón, plaguicidas y partículas radiactivas, algunos de los cuales dejarán sin duda huellas duraderas en los estratos geológicos. Hoy en día, algunos contaminantes químicos, como los plaguicidas y los abonos sintéticos empleados de forma intensiva, están contribuyendo a la crisis de la biodiversidad y al declive de varios grupos de animales, entre los que figuran los anfibios y numerosas especies de insectos. Pero no solo los contaminantes químicos afectan a los animales. El exceso de luz artificial procedente de las aglomeraciones urbanas perturba los ritmos circadianos y la conducta de muchos de ellos y reduce su supervivencia.

¿Qué podemos hacer ante tales retos? Aparte de reducir la cantidad de desechos que generamos, una de las estrategias es entender los compuestos contaminantes como recursos fuera de lugar. Las sustancias resultan nocivas si se encuentran en el sitio inapropiado: en nuestro cuerpo, el aire, el agua. Pero, en el lugar correcto, resultan útiles. En vez de enviarse a un vertedero, los desechos urbanos pueden incinerarse para generar electricidad, o pueden recuperarse los metales contenidos en las cenizas resultantes de la combustión. Los nuevos procesos de depuración podrían ayudar a convertir las aguas residuales en agua de grifo. Y la construcción de humedales, a imitación de los naturales, supone un método alternativo para tratar el agua residual de forma no centralizada y adaptada al entorno. Invitamos a nuestros lectores a descubrir en las siguientes páginas las múltiples caras de la contaminación y los desafíos que nos plantea.

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