Los estragos de la contaminación lumínica

Cada vez escasean más los lugares donde domina la oscuridad nocturna. La luz artificial perturba de muchas maneras la vida animal, hasta el extremo de contribuir al declive general de la biodiversidad.

El resplandor de las aglomeraciones urbanas dispersado por la atmósfera y las nubes crea un halo luminoso visible a decenas o incluso cientos de kilómetros. Esta contaminación lumínica afecta a los entornos naturales, incluso los alejados. En la imagen, panorámica de la poblada llanura del Véneto (Italia) desde la cumbre del Monte Grappa (1775 m). La cruz visible a contraluz culmina un mausoleo dedicado a los soldados caídos en la montaña durante la Primera Guerra Mundial. [GETTY IMAGES/ELLEON/ISTOCK]

En síntesis

La luz artificial está cada vez más presente durante la noche, incluso en las regiones alejadas de las grandes aglomeraciones urbanas.

El impacto de la contaminación lumínica sobre la fauna es objeto de estudio desde hace pocos años.

La luz artificial nocturna perturba los mecanismos hormonales, el comportamiento, las interacciones y la orientación de los animales, entre otros aspectos.

Es probable, pues, que sea un factor importante en la pérdida de biodiversidad. Para limitarla son posibles diversas líneas de actuación.

Cuando la luz del día se desvanece, la temperatura corporal del lémur ratón gris (Microcebus murinus) aumenta varios grados mientras se dispone a buscar alimento. Este pequeño primate nocturno de Madagascar es un ejemplo entre muchos: animales y plantas viven al ritmo de la alternancia del día y de la noche. De manera más general, la luz y la luminosidad ambiental ejercen una gran influencia en los seres vivos. Multitud de procesos fisiológicos, comportamientos e interacciones en el seno de los ecosistemas dependen de ella y de sus ciclos diarios y estacionales.

La gente suele pensar en el sol cuando se alude a los efectos de la luz natural sobre los seres vivos, olvidando que las fuentes nocturnas, la luna y las estrellas también pueden influir en su comportamiento. Tal es el caso de las tortugas marinas recién nacidas en la playa, de noche, que se sirven de la visión para encaminarse al mar. Gracias a su capacidad para captar la tenue diferencia de brillo entre ambos lados de la playa (el horizonte marino refleja más luz que el terrestre), se orientan correctamente en este momento crucial de su vida.

Pero desde hace un siglo la oscuridad de la noche cede terreno ante la iluminación artificial, que gana tanto en extensión como en intensidad. La generalización de la luz nocturna plantea una pregunta fundamental: ¿en qué medida perturba a los organismos vivos, a sus poblaciones y sus interacciones?

Ya hace mucho tiempo que surgieron las primeras señales preocupantes. En Norteamérica existe constancia de la mortandad de aves que se produce en las cercanías de los faros marítimos desde la década de 1920. Y los astrónomos llevan alertando desde los años setenta del siglo pasado que la expansión de la luz artificial nocturna dificulta sus observaciones. Pero ha habido que esperar al último decenio para que los científicos se dieran cuenta cabal del fenómeno y se interesaran resueltamente por sus consecuencias en la fauna y la flora. Desde entonces los estudios se han multiplicado. Presentamos aquí algunos resultados. Aparte de medir el impacto de la luz artificial en las especies urbanitas, el reto que encaran las investigaciones es descubrir el efecto que la luminosidad tenue que baña los ambientes naturales alejados de las urbes ejerce sobre la biodiversidad.

Un nuevo actor ambiental

La luz artificial nocturna es producto de la actividad humana y de las fuentes de luz que la sociedad moderna instala: farolas urbanas y viarias, faros de vehículos, carteles publicitarios, iluminación doméstica y laboral, etc. Esta iluminación directa y localizada genera una claridad indirecta y difusa, de baja intensidad pero con un vasto alcance: es el origen del halo luminoso que emana de las aglomeraciones urbanas y que llega a ser visible en el cielo a decenas o cientos de kilómetros de la zona bañada por la luz directa. Un halo que ciertas condiciones atmosféricas como las cubiertas de nubes acentúan al favorecer la dispersión de la luz.

La intensificación de la iluminación que trae consigo el desarrollo urbano constituye una nueva perturbación ambiental. La luz artificial nocturna se extiende con rapidez, con un aumento de la superficie afectada cercano al 6 por ciento anual. Así que, teniendo en cuenta la difusión del halo luminoso, en 2016 cerca del 23 por ciento de la superficie de los continentes y el 0,2 por ciento de la superficie oceánica estaban sometidas a esta perturbación.

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