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Babuinos y metafísica

El 16 de agosto de 1838 Darwin escribía: "El origen del hombre ha quedado ahora probado. La metafísica debería florecer. Quien entienda al babuino hará más por la metafísica que Locke".

¿Qué hacía Darwin en ese entorno del siglo xix, mientras se debatía sobre las diferencias entre el hombre y los simios? Con casi cincuenta años de edad, miembro respetado de la comunidad científica, Darwin trabajaba desde hacía años, con una constancia notable, en un proyecto cuya intención, en un principio, no se atrevió a confesar ni siquiera a sí mismo. Pero ahora, desde hacía poco, no sin cierta incomodidad e inquietud, lo estaba dando a conocer a un círculo reducido de amigos "escogidos" y dignos de confianza, aunque destilando las informaciones. En 1844, en una carta dirigida a uno de esos amigos, el médico y botánico Joseph Dalton Hooker, escribía: "Estoy casi convencido, al contrario de lo que pensaba en un principio, de que las especies (es como si confesase un crimen) no son inmutables".

En sus cuadernos de notas privados, los célebres Cuadernos que había empezado a redactar en 1837, donde se concede cierta libertad, nos desvela sus pensamientos; Darwin se había asomado ya al problema de la continuidad entre el hombre y los otros animales, muy especialmente en los cuadernos N y M (asignaba una letra del alfabeto a cada uno), denominados también Cuadernos sobre el hombre, el espíritu y el materialismo, o Cuadernos metafísicos. En ellos aborda, repetidas veces, el tema de la expresión de las emociones, de la conciencia, de las relaciones entre el espíritu y el cuerpo, de la distinción entre el instinto y las facultades superiores, así como una serie de otras cuestiones que lo conducen a consideraciones de naturaleza filosófica, religiosa y moral. En diversas ocasiones hace referencia a los simios, y sus observaciones dejan poco margen de duda acerca de su posición sobre este problema espinoso: para Darwin, el hombre no ocupa un lugar privilegiado en el universo.

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