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Historia de la ciencia

El largo periplo del Beagle

Cuando se embarca en el Beagle en 1831, Darwin es un hombre joven de 22 años, pertrechado con una buena formación naturalista. A su regreso, tras cinco años de navegación, la fama le acompaña.

De entre sus lecturas en Cambridge, dos obras despiertan en Darwin "un deseo apremiante de realizar una aportación, siquiera modesta, a la noble edificación de las ciencias de la naturaleza. Ni una docena de libros me influyeron tanto". El primer libro, que ya hemos mencionado, es el de Herschel; el otro, una obra en siete volúmenes de Alexandre von Humboldt, Narración personal (1818). Este, reseña de un viaje a América del Sur, muestra la diversidad de intereses de su prolífico autor. (Cosmos, título de su última obra, alberga veinte volúmenes.)

Fascinado por los relatos de Humboldt, Darwin sueña en emprender un viaje a Tenerife. Intentará atraer a Henslow y otros en su proyecto. "Conseguí que me presentaran a un comerciante de Londres para informarme sobre los navíos, pero ese proyecto se abortó al plantearse el viaje del Beagle". El 29 de agosto de 1831, en Shrewsbury, una carta de Henslow le transmite que el capitán Robert FitzRoy (1805-1865), de la Marina Real, busca un compañero de viaje instruido, dispuesto a embarcarse sin sueldo para que ayude al naturalista del barco en su labor cartográfica de las costas de América del Sur. El viaje debe durar dos años y la partida está prevista para finales de septiembre.

La propuesta parece hecha a medida. El navío está equipado para la investigación científica y Darwin se halla capacitado para sacarle partido a semejante ofrecimiento, providencial e inesperado. Pero su entusiasmo queda atemperado con la reacción, previsible, del doctor Robert Darwin, quien se opone a que su hijo abdique una vez más de sus obligaciones y responsabilidades. Con todo, le deja una puerta abierta: "Si encuentras un hombre con sentido común que te aconseje que vayas, lo consentiré".

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