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El desarrollo moral de los niños

No basta con decirles a los niños lo que está bien y lo que está mal. Deben ellos ir ejercitándose en el cumplimiento de sus convicciones. A los padres compete ayudarles en ese empeño.

Con preocupante regularidad nos llegan noticias e informes acerca de niños que cometen todo tipo de tropelías y estragos en sus escuelas y en la calle. Atacan a los profesores y a los compañeros de clase, asesinan a sus padres y persiguen a otras personas ya sea por perversidad, por avaricia o por despecho. Oímos hablar de feroces bandas de muchachos entregados a las drogas y al juego, de adolescentes que violan, del vandalismo juvenil, de oleadas de engaños y chantajes incluso en colegios de alto nivel académico. No hace mucho, una pandilla de chicos de clase media tenía aterrorizado con amenazas y extorsiones a un suburbio residencial de California; los miembros de esa banda se iban marcando jactanciosamente puntos por cada fechoría.

Ante semejante avalancha de atrocidades, muchos olvidan que la mayoría de los chicos, durante buena parte del tiempo, cumplen las reglas de su sociedad, actúan como es debido, tratan amablemente a sus amigos, dicen la verdad y respetan a los mayores. Algunos van más lejos. Una gran proporción de la juventud estadounidense se ocupa en servicios voluntarios a la comunidad; entre el 22 y el 45%, según el lugar. Y numerosos jóvenes han sido también líderes en causas sociales. Robert Coles, psiquiatra de la Universidad de Harvard, ha escrito acerca de niños como Ruby, una negrita que, por los años sesenta, rompió en su escuela la barrera del color. Paseándose Ruby diariamente por el recinto de aquella escuela que preferiría ser toda para blancos, demostró tener un gran sentido del deber moral. Cuando sus condiscípulos se burlaban de ella y la increpaban, Ruby, en vez de replicarles, rezaba por ellos. "Ruby —observa Coles— tenía voluntad y la empleó para tomar una decisión ética; dio pruebas de poseer mucha energía moral, honradez y valentía."

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