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1 de Julio de 1999
Oceanografía

Tsunamis

No es posible domeñar su energía, pero las lecciones aprendidas de los desastres ocurridos en estos últimos diez años, junto con los avances en el seguimiento de estas olas imponentes, nos ayudarán a salvar vidas.

ROBERT BECK Y KATHLEEN NORRIS COOK (FOTOGRAFÍAS); JANA BRENNING (FOTOMONTAJE)

Apenas habían pasado doce minutos de la puesta del Sol. Había empezado a oscurecer en la costa norte de Papúa Nueva Guinea. Aquella noche del viernes 17 de julio de 1998 llegaba tranquila para los hombres, mujeres y niños de Sissano, Arop, Warapu y otras aldeas del apacible banco de arena que separa del mar de Bismarck la laguna de Sissano. Mientras, en las profundidades de la Tierra, lejos de los habitantes de las cabañas, donde tremendas fuerzas habían comprimido las rocas subyacentes durante años, en pocos minutos, se liberó, con suma violencia, toda la energía acumulada, hasta provocar un terremoto de 7,1 grados de magnitud. A las 18,49 horas, el temblor más intenso sacudió, en una extensión de 30 kilómetros, el litoral de la laguna y deformó el fondo costero oceánico. El nivel del mar, en respuesta, subió de repente y engendró un temible tsunami.


John Sanawe, un coronel retirado, vivía en el extremo sur del banco de arena, en Arop. Sobrevivió al tsunami y le contó su peripecia personal a Hugh Davies, de la Universidad de Papúa Nueva Guinea. Tras la primera sacudida, ocurrida a sólo 20 kilómetros de la costa, Sanawe vio la elevación del mar sobre el horizonte; el agua, pulverizada, rozaba los 30 metros de altura. Oyó un ruido bronco, al principio como de un trueno lejano y después parecido al de un helicóptero cercano; el sonido se fue apagando, mientras retrocedía el nivel del mar muy por debajo de su cota normal. Pasaron cuatro o cinco minutos de silencio. Oyó entonces un estruendo de reactor en vuelo rasante. Y de pronto, la primera ola del tsunami, de unos tres o cuatro metros de altura. Corrió hacia su casa, pero la ola lo alcanzó. Una segunda ola, mucho mayor, arrasó la aldea y lo arrojó un kilómetro más allá, hasta el manglar interior de la laguna.

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