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1 de Junio de 2014
Edafología

La desertificación en el sudeste ibérico

Se están llevando a cabo varias investigaciones para mejorar la gestión de las zonas degradadas de clima semiárido.

En esta área experimental de sorbas (Almería), se simulan las condiciones de mayor calor y aridez que provocará el cambio climático, y se estudia su efecto en la vegetación. La caseta de exclusión parcial de lluvia reduce en un 30 por ciento la precipitación (primer plano) y las dos cámaras abiertas (open top chambers) de metacrilato (primer y segundo plano) hacen aumentar localmente la temperatura por efecto invernadero, en promedio unos 2oC al año. [JOSÉ IGNACIO QUEREJETA]

En síntesis

En España, las zonas con riesgo de desertificación afectan a las regiones con clima semiárido. Estas ocupan alrededor del 65 por ciento del territorio y se concentran principalmente en el sudeste de la península, Canarias y parte del valle del Ebro.

Estas áreas sufren especialmente los efectos del cambio global. Las prácticas habituales de manejo del suelo, el ascenso de las temperaturas y la disminución de las precipitaciones favorecen la pérdida de fertilidad y la erosión del suelo.

Para evitar la degradación progresiva de los sistemas semiáridos y fomentar su regeneración se está estudiando la eficacia de ciertas medidas correctoras, como la introducción de abonos verdes, la labranza reducida y la reforestación.

La desertificación comprende un conjunto de procesos de degradación que afectan a los distintos componentes del ecosistema (suelo, flora y fauna) y disminuyen su capacidad productiva. En las etapas finales de este fenómeno se pueden incluso alcanzar situaciones semejantes a las de un desierto. Por definición, el término desertificación se limita a las regiones áridas, semiáridas y seco-subhúmedas del planeta, es decir, las que presentan un balance negativo en sus recursos hídricos. En estas condiciones de déficit hídrico, los ecosistemas son muy frágiles y vulnerables, y tienen una escasa capacidad de recuperación, tanto frente a las perturbaciones antrópicas (cambios en el uso del suelo o excesiva presión sobre los recursos), como frente a las naturales (cambio climático).

Debido a la coincidencia geográfica de las regiones áridas y semiáridas con las áreas más deprimidas del mundo, la desertificación, además de su componente físico, posee un marcado componente socioeconómico. En los casos más extremos, la sobreexplotación de los recursos en la lucha por la supervivencia humana acelera la desertificación y, en un círculo vicioso, conduce a una mayor pobreza. Dada la complejidad de las causas del fenómeno, la evaluación y control de los procesos de degradación, así como la recuperación de las áreas afectadas, deben abordarse desde diferentes aspectos y siempre con un enfoque multidisciplinar.

En nuestro país, se estima que más de dos terceras partes de la superficie se halla expuesta a la desertificación, según datos del Programa de Acción Nacional contra la Desertificación, del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente. Las Comunidades de Murcia, Andalucía y Canarias son las más afectadas, con más del 40 por ciento de su territorio en situación de alto riesgo. Le siguen Castilla-La Mancha, Valencia, Madrid, Extremadura y Aragón, con un 30 por ciento de su superficie gravemente amenazada. En el resto del territorio español, menos del 15 por ciento de la superficie sufre problemas de desertificación.

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