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En busca del código neural

El estudio de cómo huyen de los gatos las ratas arroja luz sobre el modo en que se traducen en información las tormentas de impulsos eléctricos que barren el cerebro.

Las puertas correderas, controladas por ordenador, se abrieron de pronto. Dejaban ver una cámara negra como la brea, que Eshe conocía bien. Esta hizo exactamente lo que se esperaba de ella después de tantas y difíciles semanas consagradas a su entrenamiento. Sin dudarlo un instante —y, a buen seguro, contando con la recompensa que tenía la certeza de recibir en vista del excelente trabajo que había realizado últimamente—, se lanzó al interior del estrecho espacio, yendo a toda velocidad hacia la pared de enfrente. Estaba presta para una lucida exhibición de destreza.

La prueba comenzó en el momento mismo en que Eshe atravesó un haz infrarrojo situado ante una abertura ubicada en la trayectoria de su carrera. La abertura estaba flanqueada por los bracitos de dos barras en forma de T, que sobresalían de cada costado de la cámara; definían un paso estrecho por donde Eshe tenía que colarse para llegar hasta la pared de enfrente. La tarea distaba de ser trivial: en la oscuridad más completa debía estimar con celeridad suma, y en un solo intento, el diámetro de la abertura. Para que todo fuese más complicado e interesante, el tamaño de la abertura cambiaba al azar de cada prueba a la siguiente. Al no poder ver las barras, Eshe tenía sólo una forma de lograr su objetivo: fiarse de su exquisito sentido del tacto.

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