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Biocombustibles: una promesa fallida

La sustitución del petróleo por combustibles de origen vegetal entraña mayores dificultades de las que se pensaba.

© WIKIMEDIA COMMONS/cassini83

En síntesis

Hoy por hoy, los biocombustibles no constituyen una opción energética rentable desde el punto de vista comercial. Las innovaciones requeridas se han mostrado mucho más difíciles de lo que se pensaba.

El etanol de maíz se produce en abundancia únicamente gracias a las subvenciones. Los biocombustibles de celulosa resultan caros y difíciles de obtener, no existen cultivos a gran escala de algas y la genética aún tendrá que avanzar mucho hasta que logre sintetizar microorganismos productores de hidrocarburos.

Algunas empresas han abandonado los biocombustibles y emplean ahora los mismos procedimientos para elaborar productos mucho más caros que el petróleo, como plásticos o cosméticos.

La apuesta de Range Fuels era arriesgada pero seductora. Esta empresa, fundada por Mitch Mandich, antiguo directivo de Apple, logró atraer millones de dólares de capital privado y hasta 156 millones de dólares en subvenciones y créditos del gobierno de EE.UU. Proyectaba la construcción de una gran planta de biocombustibles que transformaría 1000 toneladas diarias de astillas de madera y desechos de la industria papelera en más de un millón de litros de etanol. Durante la ceremonia de apertura, en noviembre de 2007, el entonces secretario de Energía de EE.UU., Samuel Bodman, declaró que habían seleccionado a Range Fuels por considerarla la «flor y nata» del sector.

A principios de 2011, Range Fuels cerraba su recién estrenada refinería biológica sin haber vendido ni una gota de etanol: convertir biomasa en carburante líquido había resultado mucho más difícil de lo previsto.

El caso de Range Fuels no es ni mucho menos el único. Empresas como Cilion o Ethanex Energy, entre otras, han abandonado la producción de biocombustibles debido a unos costes excesivos. A pesar de las esperanzas de científicos, empresarios y políticos, de las inversiones de cientos de millones de dólares y de décadas de esfuerzos concienzudos, la posibilidad de obtener un biocombustible que compita en precio y prestaciones con la gasolina continúa siendo una quimera.

El fracaso resulta especialmente desalentador. Hasta hace pocos años, los biocombustibles se consideraban la solución ideal a dos grandes problemas: la dependencia del petróleo y el cambio climático. El terrorismo y el encarecimiento del crudo habían convertido el petróleo de Oriente Medio en una preocupación creciente; al mismo tiempo, el calentamiento global acentuaba la necesidad de encontrar otros combustibles. En teoría, dado que las plantas absorben dióxido de carbono del aire, el empleo de combustibles de origen vegetal debería enlentecer la acumulación de gases de efecto invernadero en la atmósfera.

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