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1 de Diciembre de 2001
Astrobiología

Hielo y origen de la vida

El hielo terrestre resulta más bien hostil para la vida. Pero existe en el espacio una forma exótica del mismo que fomenta la creación de moléculas orgánicas. Quizá fuera el que sembró las semillas de la vida en nuestro planeta.

Cuando la sonda Voyager 1 se alejaba del sistema solar, hace 11 años, los ingenieros de la NASA giraron la cámara del satélite para que tomara una fotografía parcial de la Tierra. El planeta aparecía reducido a un solo píxel azulado; debía el color al reflejo de la luz solar sobre sus vastos océanos. La Tierra es un planeta con agua. En cualquier punto del globo, próximo o cercano, elevado o profundo, doquiera haya agua líquida, los investigadores se encontrarán con alguna forma de vida que es capaz de desenvolverse en su seno.

Ello no obstante, la naturaleza del agua presenta una cruel dicotomía. El agua líquida acuna la vida, mientras que el agua en su forma de cristal sólido la destruye. Los organismos pueden refugiarse en los géiseres, sumergirse en aguas muy saladas y deglutir ácido, pero todos rehúyen el hielo. La rígida ordenación de las moléculas de agua en los cristales de hielo expulsa las impurezas y rompe las células orgánicas sin posibilidad de recuperación. Tal es la naturaleza del hielo en la Tierra. Pese a ello, los descubrimientos recientes de cierto tipo insólito de agua helada, inexistente en la Tierra y abundante en el espacio exterior, han provocado que los investigadores revisen sus teorías sobre el hielo. En su forma interestelar, el hielo de agua (a diferencia de los hielos de dióxido de carbono y otros compuestos) puede alojar la clase de compuestos orgánicos simples de los que la vida surgió; podría incluso haber desencadenado su formación. En consecuencia, el hielo interestelar pudo haber desempeñado un papel determinante en el origen de la vida.

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