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1 de Noviembre de 2002
Física

Crónica de la medición del tiempo

Nuestra concepción del tiempo depende de la manera en que lo midamos.

A lo largo de la historia, el empeño puesto en la medición del tiempo promovió el desarrollo científico y técnico. La necesidad de establecer divisiones del día y de la noche movió a egipcios, griegos y romanos a crear relojes de sol, de arena, clepsidras y otros instrumentos cronométricos. Aunque tales sistemas se adoptaron en Europa, la demanda de una medición fiable del tiempo, hacia el siglo XIII, instó la aparición del reloj mecánico. Pero la imprecisión e inseguridad de los primeros prototipos imposibilitaban las aplicaciones científicas, si bien resultaban satisfactorios para colmar las exigencias ordenadoras de monasterios y poblaciones. Hubo, pues, que esperar el advenimiento del péndulo como regulador de su funcionamiento. Los relojes de precisión que a partir de entonces se desarrollaron resolvieron un problema crítico en la historia del progreso de la humanidad: la determinación de la posición de un barco en mar abierto. Gracias a ello, su aportación a la revolución industrial exime de toda ponderación.

Hoy día, la mayoría de nuestros aparatos electrónicos se rigen por los latidos de un instrumento cronométrico de alta precisión. Los ordenadores contienen un reloj de cristal de cuarzo que regula su funcionamiento. Desde los satélites del Sistema de Posicionamiento Global (GPS) se envían señales que no solamente calibran las funciones de certeros equipos de navegación, sino también las de teléfonos celulares, sistemas de transacciones bursátiles instantáneas y redes de distribución de energía de ámbito nacional. La integración en nuestra vida cotidiana de estas técnicas de cronometría ha llegado a ser tan íntima, que sólo cuando fallan caemos en la cuenta de nuestro grado de dependencia.

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