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1 de Diciembre de 2006
Astrofísica

Supernovas

No estalla fácilmente una estrella. Los modelos por ordenador habían sido hasta ahora incapaces de reproducir sus inmensas explosiones.

El 11 de noviembre de 1572, el astrónomo danés Tycho Brahe observó una nueva estrella en la constelación de Casiopea, que brillaba con la intensidad de Júpiter. En más de un sentido, así nació la astronomía moderna, pues el fenómeno refutaba la estabilidad e inmutabilidad de los cielos. Estas "estrellas nuevas" no han dejado de sorprender desde entonces. Cuatrocientos años más tarde, sabemos que su brillo sobrepasa durante unos instantes el de miles de millones de estrellas normales. Se trata, pues, de explosiones grandiosas. En 1934, Fritz Zwicky, del Instituto de Tecnología de California, acuñó la palabra "supernova". Amén de espectaculares, desempeñan funciones singulares en el universo y en el trabajo de los astrónomos. Siembran el espacio de elementos pesados, regulan la formación de las galaxias y su evolución y sirven de hitos de la expansión cósmica.

Zwicky y Walter Baade conjeturaron que la energía de esas explosiones procede de la gravedad. Una estrella normal implosiona, se desploma, hasta que el núcleo alcanza la densidad de un núcleo atómico. A la manera de un jarrón de cristal que golpea contra hormigón, el material que colapsa libera energía potencial gravitatoria suficiente para que explote el resto de la estrella. En 1960 Fred Hoyle, de la Universidad de Cambridge, y Willy Fowler, del Caltech, ofrecieron una explicación distinta: las explosiones constituían bombas nucleares inmensas. Cuando una estrella de tipo solar ha consumido ya su hidrógeno, y tras el hidrógeno el helio, sigue con el carbono y el oxígeno. Las reacciones de fusión de estos elementos no sólo liberan un pulso de energía gigantesco, sino que producen además níquel 56 radiactivo, cuya desintegración gradual explica el brillo residual que despide la explosión y perdura durante meses.

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