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Metáforas de la vida y vida de las metáforas

La presencia de metáforas en biología es compatible con el realismo científico.

WIKIMEDIA COMMONS/DOMINIO PÚBLICO

Negación, negociación, aceptación. Como un paciente al cual se le comunica un mal diagnóstico, así ha reaccionado la filosofía de la ciencia ante la metáfora. Ha pasado por varias fases típicas. En primer lugar, los filósofos de la ciencia se han negado a ver las metáforas: no puede ser, la ciencia es el territorio del lenguaje literal, las metáforas quedan siempre allende sus fronteras, en los dominios brumosos de la belleza literaria o del sinsentido metafísico. El filósofo alemán Hans Reichenbach afirmaba en 1938 que el neopositivismo aboga por «el estricto repudio del lenguaje metafórico de la metafísica».

Pero el sol no se puede tapar con la mano, del mismo modo que no puede ocultarse la presencia de metáforas en los textos científicos. Negociemos, pues. Que pase la metáfora, pero solo hasta el zaguán. Otorguemos a las metáforas ciertas funciones periféricas, alejadas del núcleo central de la ciencia. Puede que hasta resulten serviciales para las tareas heurísticas, didácticas y divulgativas. Pueden guiarnos en el comienzo de una investigación, tal vez resulten inspiradoras, pueden favorecer la conexión inesperada entre ideas diferentes, quizás incluso orientarnos o mostrarnos el inicio del camino. También tienen su utilidad en el aula o en la prensa. Un buen juego de metáforas hará más fácil la explicación de los conceptos más abstractos. Pero el investigador que emprende la búsqueda valiéndose de una metáfora tendrá, a la postre, que desprenderse de ella para regresar al lenguaje literal de la ciencia seria. Y otro tanto le sucede al estudiante o al lego que se internan en una laberíntica teoría con la metáfora como lazarillo: ambos tendrán que deshacerse de su guía cuando por fin entiendan.

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