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1 de Marzo de 2012
Comportamiento animal

La brújula interna

El sentido magnético de los animales es real. Cada vez se está más cerca de revelar su funcionamiento.

CHRISTOPHER GRIFFITH (FOTOGRAFÍA); MEGAN CAPONETTO (FOTOCOMPOSICIÓN)

En síntesis

Docenas de especies animales, desde hormigas hasta ballenas, poseen la capacidad de detectar el campo geomagnético y de usarlo para orientarse en sus desplazamientos.

Después de algunos intentos fallidos, los investigadores podrían haber localizado los órganos de este sentido magnético y empiezan a entender el fundamento físico que lo sustenta.

Algunos animales pueden servirse de partículas microscópicas magnéticas para detectar campos magnéticos; otros podrían aprovechar los efectos cuánticos sobre determinados pigmentos en los ojos.

En 2007, durante lo que le debieron parecer seis meses interminables, Sabine Begall pasó las noches ante su ordenador mirando fotografías de ganado que pastaba. Descargaba de Google Earth una imagen de satélite de unas tierras de pastos, etiquetaba una a una todas las vacas de la misma y, a continuación, descargaba otra imagen. Con ayuda de sus colaboradores, Begall, zoóloga de la Universidad de Duisburgo-Essen, terminó por realizar un descubrimiento. En promedio, los rumiantes parecían alinear su cuerpo con una ligera preferencia por el eje norte-sur. Pero no señalaban al norte verdadero, que podían haber localizado utilizando el sol como referencia. En lugar de ello, se orientaban hacia el polo norte magnético, cientos de kilómetros al sur del polo geográfico, en la zona septentrional de Canadá.

Una investigación posterior aportó nuevas pruebas sobre la capacidad de algunos animales del tamaño de las vacas para responder al campo magnético de la Tierra. El comportamiento de alineamiento se desvanecía en las inmediaciones de líneas eléctricas de alta tensión, que enmascaraban las sutiles señales procedentes del planeta.

Hace solo unos decenios, los estudios como el de Begall habrían sido objeto de escarnio. Se suponía que la materia orgánica no reaccionaba ante campos magnéticos débiles como los de la Tierra, ya que los animales no se hallan equipados con imanes de barra que les sirvan de brújula. La creencia de Franz Anton Mesmer, en el siglo xviii, sobre el «magnetismo animal» (animales que albergan en su cuerpo líquidos magnéticos) se había relegado desde hacía tiempo a los anales de la charlatanería.

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