La atmósfera caprichosa

La comprensión de los fenómenos atmosféricos sigue presentando ciertas dificultades, incluso en algunos aspectos cotidianos, que se dan por sabidos.

A juzgar por el desparpajo con que muchas personas y algunos medios de comunicación ha blan de asuntos tales como el cambio climático, las consecuencias del fenómeno llamado El Niño y el agujero de ozono, se diría que el público, y no sólo unos pocos especialistas, está razonablemente familiarizado con el comportamiento de la atmósfera y que éste es fácilmente inteligible.

Ambas presunciones resultan erróneas. Las dudas comienzan a surgir al observar la frecuencia con que se confunde inestabilidad con mal tiempo, posibilidad con probabilidad, y clima —o, peor aún, climatología— con tiempo; quedan definitivamente disipadas cuando, como muy recientemente, se oye caer en tales disparates a autoridades que, por razón de su cargo, deberían extremar el cuidado al tratar de cuestiones que, al parecer, sólo conocen superficialmente.

Y es que, en contra de lo supuesto, el funcionamiento de la atmósfera no es nada sencillo. Muchos de sus aspectos se conocen bien pero resultan ser mucho más complicados y menos intuitivos de lo que parecía. Otros no se conocen más que parcialmente. Algunos, y no precisamente secundarios, están todavía pendientes de una explicación racional.

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