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El día 12 de diciembre de 1901, hacia el mediodía, el operador de un rudimentario receptor de radio, situado en un tinglado a la entrada del puerto de Saint John's (Terranova) y cuya antena colgaba de una cometa que volaba a más de cien metros de altura, creyó percibir en sus auriculares el soniquete repetido de tres cortos zumbidos. Por si su ansiedad le traicionaba, hizo que un ayudante ocupase su puesto. Pero no se trataba de ilusiones; el nuevo operador también oyó la misma pauta inconfundible de la letra S según el código Morse. Guglielmo Marconi, que era quien realizaba el experimento, culminaba así la serie de transmisiones que, a distancias cada vez mayores, llevaba años practicando, y acababa de realizar la primera comunicación inalámbrica a través del océano Atlántico. Las señales provenían de la emisora que su compañía, la Wireless Telegraph Company, poseía en Poldhu, Cornualles, el Finisterre británico.

La hazaña de Marconi, que la prensa difundió entusiasmada por todo el mundo un par de días después, no sólo inició el acelerado proceso de innovaciones técnicas que serviría de base a la imparable marea telecomunicativa (impulsada por la, al parecer, consustancial e insaciable garrulería de la especie humana, cuya última manifestación son los teléfonos portátiles), sino que también avivó las cogitaciones de determinados individuos. Al huraño Oliver Heaviside, que llevaba años tratando de desentrañar los detalles de la propagación de las señales telegráficas a través de cables conductores y de consolidar la teoría electromagnética de Faraday y de Maxwell, confirmada por los experimentos que había realizado Hertz hacía poco más de un decenio, la pregunta se le tuvo que plantear con más rotundidad que a nadie: ¿cómo era posible que las ondas de radio superasen la curvatura de la superficie terrestre?

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