Resplandores entre la Tierra y el espacio

Por encima de las tormentas eléctricas se desarrolla una actividad eléctrica de peculiar variedad.

Los rayos, con su fulgor y su potencia, han fascinado y amedrentado por igual a los humanos desde la antigüedad. En la Grecia clásica, por ejemplo, asociaban el rayo a Zeus tonante, su dios más poderoso. Y en tiempos modernos, comprendida ya la naturaleza eléctrica del rayo, persistieron ciertos misterios. Muchos fueron los observadores que han descrito juegos de luces fluctuantes que se filtran a través de los niveles más altos del cielo nocturno. Las auroras boreales, o ciertas nubes caprichosamente iluminadas, podían dar explicación para algunas de estas curiosidades; otras eran más desconcertantes. En particular, durante los vuelos nocturnos, los pilotos observan a veces extraños destellos sobre las tormentas. Pero la comunidad científica, en su mayor parte, tenía por apócrifos estos informes, hasta 1990, cuando John R. Winckler y sus colegas de la Universidad de Minnesota captaron una de estas enigmáticas visiones con una cámara de vídeo. Sus imágenes revelaron relampagueos y fulgores de configuración absolutamente nueva.

La proeza de Winckler suscitó una agitada actividad tendente a documentar estos fenómenos eléctricos de las capas altas, plasmada, desde aquella fecha, en cientos de observaciones similares, efectuadas desde la lanzadera espacial, aeronaves o desde el suelo. Con ello va quedando progre­sivamente claro que los fenómenos luminoeléctricos no se limitan a las capas de la atmósfera inferior que se encuentran emparedadas entre la borrasca y el suelo. Se sabe que se están produciendo regularmente descargas eléctricas en el aire enrareci­do, por encima de los cúmulonimbos, hasta alturas de 90 kilómetros.

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