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Actualidad científica

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  • Octubre/Diciembre 1996Nº 6

Ingeniería óptica

Espejos líquidos

Está abierta la puerta a la construcción de telescopios gigantescos para ver más lejos que nunca gracias a los espejos de mercurio líquido muy ligeros, cuyo tamaño podría superar, en mucho, el de los espejos de cristal.

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Durante casi cuatro siglos los telescopios reflectores han venido recogiendo la vacilante luz procedente de millones y millones de estrellas y galaxias. Nos han descubierto un universo vasto y complejo; han ensanchado nuestro mundo y nuestra imaginación. Sin embargo, pese a todos sus logros, el reflector clásico tiene serias limitaciones. Es muy caro. A menudo resulta casi imposible bruñir y pulir una gran superficie de cristal hasta conseguir una parábola perfecta, la forma ideal que concentra en un punto los rayos de luz paralelos. Los espejos se deforman con los cambios de temperatura y, superado cierto tamaño, tienden a abombarse bajo su propio peso.

Por ello, de vez en cuando, astrónomos y ópticos se acuerdan de una vieja rareza: el espejo líquido. No puede hundirse, así que cabe hacerlo tan grande como se quiera. Además, darle forma parabólica a un líquido es muy sencillo; el tirón de las fuerzas de la gravedad y centrífuga hace que la superficie de un líquido reflectante —mercurio, por ejemplo— en rotación forme una parábola perfecta. Este fenómeno, que se produce también al remover el café, ofrece una superficie óptica perfecta que no precisa ser pu­lida. En consecuencia, el coste de los espejos líquidos podría ser mucho menor que el de los espejos de cristal. Además, como la óptica adquiere tan­to interés en la mayoría de las mediciones científicas, los espejos líquidos también podrían ser de utilidad en numerosos campos de la investigación y la ingeniería.

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