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  • Enero/Marzo 2018Nº 91

Tecnología de la información

¿Democracia digital o control del comportamiento?

Una llamada para garantizar el uso democrático de los macrodatos y de la inteligencia artificial.

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La revolución digital está en marcha ¿Cómo transformará el mundo? La cantidad de información que producimos se duplica cada año. Dicho de otro modo: en 2016 generaremos tanta información como en toda la historia de la humanidad hasta 2015. Cada minuto realizamos cientos de miles de búsquedas en Google y cientos de miles de publicaciones en Facebook que revelan cómo pensamos y sentimos. Pronto, también las cosas que nos rodean estarán conectadas a Internet, quizás incluso la ropa. Se estima que, de aquí a diez años, habrá 150.000 millones de sensores conectados en red, un número veinte veces superior al de habitantes del planeta. Para entonces, la cantidad de información se duplicará cada doce horas. Muchas empresas ya están intentando convertir estos macrodatos en grandes sumas de dinero.

Todo será inteligente. Dentro de poco, no solo tendremos teléfonos inteligentes, sino también casas inteligentes, fábricas inteligentes y ciudades inteligentes. ¿Debemos esperar que tales progresos desemboquen en países inteligentes y en un planeta más inteligente?

Es cierto que el campo de la inteligencia artificial está consiguiendo avances asombrosos. En particular, está contribuyendo a la automatización del análisis de datos. La inteligencia artificial ya no se programa línea por línea, sino que ha llegado a ser capaz de aprender y progresar por sí misma. Hace poco, el algoritmo DeepMind de Google se enseñó a sí mismo a ganar en 49 juegos de Atari. Los algoritmos actuales pueden reconocer la escritura, el habla y los patrones casi tan bien como los seres humanos, e incluso acaban mejor numerosas tareas. Empiezan a describir el contenido de fotos y vídeos. Hoy, el 70 por ciento de todas las transacciones financieras ya las realizan algoritmos, y buena parte de las noticias digitales se generan de forma automática. Todo ello tiene profundas consecuencias económicas: de aquí a diez o veinte años, los algoritmos habrán desplazado a alrededor de la mitad de los empleos actuales. El 40 por ciento de las 500 mayores empresas habrá desaparecido en una década.

Cabe esperar que, entre 2020 y 2060, los grandes ordenadores superen las capacidades humanas en casi todos los ámbitos. Ante esta situación comienzan a oírse voces de alerta. Visionarios tecnológicos como Elon Musk, de Tesla Motors, Bill Gates, de Microsoft, y el cofundador de Apple Steve Wozniak avisan de que la superinteligencia supone un grave peligro para la humanidad, quizás incluso más que las armas nucleares. ¿Es alarmismo?

Lo indiscutible es que el modo de organizar la economía y la sociedad sufrirá un cambio fundamental. Estamos experimentando la mayor transformación histórica desde el final de la Segunda Guerra Mundial: a la automatización de la producción y a la invención de coches autónomos sigue ahora la automatización de la sociedad. Nos encontramos ante una encrucijada que augura grandes oportunidades, pero también riesgos considerables. Si elegimos el camino equivocado, podríamos poner en peligro nuestros mayores logros históricos.

En los años cuarenta, el matemático estadounidense Norbert Wiener inventó la cibernética: básicamente, la idea de que el comportamiento de un sistema puede controlarse por medio de una retroalimentación adecuada. Poco después, varios investigadores concibieron la posibilidad de controlar la economía y la sociedad siguiendo este principio básico, pero en aquel momento no disponían de la tecnología necesaria.

Hoy Singapur nos brinda un ejemplo de sociedad controlada por los datos. El programa creado para proteger a la ciudadanía del terrorismo ha terminado por influir en las políticas económicas y de inmigración, en el mercado inmobiliario y en los planes de estudio. China está tomando un camino parecido. En fecha reciente, Baidu, el equivalente chino de Google, invitó al Ejército a tomar parte en el Proyecto Cerebro chino, que aplica algoritmos de aprendizaje profundo a la información que el motor de búsqueda obtiene de sus usuarios. Pero, además, se ha concebido lo que parece ser una forma de control social. Según informaciones recientes, cada ciudadano chino recibirá una «puntuación ciudadana», la cual determinará las condiciones en que puede conseguir un crédito, un empleo o un visado para Europa. Esta vigilancia sobre el individuo incluye el uso que hace de Internet y los contactos sociales que mantiene.

La situación no es tan distinta en Occidente, donde los consumidores se someten a verificaciones de crédito y de solvencia, y donde algunas tiendas en línea ya han comenzado a experimentar con precios personalizados. Asimismo, cada vez es más evidente que todos estamos en el punto de mira de la vigilancia institucional. Esta sospecha se vio confirmada en 2015, cuando la filtración de algunos detalles del programa Karma Police, del servicio secreto británico, reveló un seguimiento masivo de la manera en que los usuarios navegan por Internet. ¿Se está haciendo realidad el Gran Hermano?

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