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1 de Enero de 2018
Economía

El impacto social de las cadenas de bloques

¿Permitirá esta nueva técnica restaurar la confianza en el sistema económico?

BORJA BONAQUE

En síntesis

Los bancos y los Gobiernos han fracasado en muchos aspectos a la hora de generar confianza en la economía global, sobre todo en los últimos decenios. La gente común recela cada vez más del poder centralizado y busca alternativas.

El protocolo Bitcoin, y en general la técnica de la cadena de bloques (blockchain), permite que el papel del intermediario de confianza recaiga en las máquinas y se aparte de agentes humanos, como los banqueros. Esta técnica podría eliminar las malas prácticas del sistema en lugar de tener que castigar su práctica.

Las cadenas de bloques se prestan tanto a la emancipación humana como a un grado de vigilancia y control sin precedentes. Cómo terminen utilizándose dependerá del programa que maneje la identidad digital.

En la época actual, la gente común debe aceptar un trato asimétrico para participar en la economía global: su vida es transparente para Estados, bancos y empresas, mientras que el comportamiento y el funcionamiento interno de los actores más poderosos permanecen ocultos. La frontera entre consumidor y ciudadano se ha vuelto irreversiblemente difusa. Shoshana Zuboff, profesora de la Universidad Harvard experta en ciencias sociales, denomina «capitalismo de vigilancia» a esta interacción unilateral, extractiva, que constituye un problema estructural fundamental. Las mismas instituciones cuyos estatutos actúan como intermediarios de la confianza social (bancos y Gobiernos) han fallado estrepitosamente en muchos países del mundo, sobre todo durante la vida de aquellos menores de 35 años.

La crisis financiera de 2008 y sus secuelas moldearon un tipo de indefensión ambiental. La mayoría de los casos legales que se llevaron a los tribunales se resolvieron a expensas de los accionistas en vez de resultar en penas de cárcel para los altos cargos de los bancos, lo cual convenció a muchos de que los ricos y poderosos se confabulaban en beneficio propio. Los problemas tienen raíces más profundas y van más allá de los efectos colaterales de las hipotecas basura. Tras analizar una base de datos de 2007 que contenía 37 millones de empresas e inversores de todo el mundo, se concluyó que el 1 por ciento de dichas empresas controlaba el 40 por ciento de la red; una buena parte de ellas eran entidades financieras. En los tres últimos decenios, los rendimientos de capital se han convertido en la principal fuente de crecimiento económico en la mayoría de los países, superando largamente el crecimiento de los ingresos y enriqueciendo aún más a los ricos que ocupan los primeros puestos del escalafón. Entretanto, 2000 millones de personas siguen sin bancarizar, excluidas de una red que, aunque dista de ser perfecta, en principio favorece el acceso al capital. No hay acuerdo sobre si deberían transformarse estas tendencias, o sobre cómo hacerlo, para fomentar una mayor igualdad e inclusión económica sin comprometer la autonomía individual.

Eso nos conduce a un momento histórico en el que aumenta la desconfianza hacia la autoridad en forma de poder y riqueza, en un contexto de vida económica que se caracteriza por una ineludible globalidad y movilidad. Si bien existe el impulso de retirarse de todo en señal de protesta, también se admite que ello constituiría una receta para el autosabotaje económico. Estas restricciones han llevado a los tecnólogos de todo el mundo a idear alternativas que acrecienten la confianza a la vez que la hagan más íntima y recíproca. No es una coincidencia que la primera moneda virtual exitosa del mundo, el bitcóin, apareciera en escena en 2009: refleja una reacción a este creciente deseo de transparencia, acceso y empoderamiento.

Por supuesto, el bitcóin es una moneda que se negocia a través de una cadena de bloques (blockchain), una nueva infraestructura digital que funciona como un registro distribuido de transacciones, las cuales se confirman de acuerdo a un consenso matemático, sin la intervención del ser humano. Y está provocando una revolución en lo referente a las posibilidades de cambio directo y propiedad individual, no solo de dinero, sino también de cualquier activo digital.

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