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1 de Enero de 2014
Psicología

¿Está Google cambiando nuestra mente?

Los humanos hemos estado milenios dependiendo unos de otros para recordar los detalles de la vida diaria. Ahora nos fiamos de «la nube», lo que está cambiando la percepción del mundo que nos rodea.

Owen Gildersleeve

En síntesis

Tradicionalmente, la recordación ha constituido una tarea social. Ciertas personas saben preparar lubina a la espalda; otras, reparar el grifo del lavabo.

Internet lo cambia todo. Al ser casi ubicuo el acceso en línea, antes de llamar a un amigo muchas personas prefieren empezar por una búsqueda en la Red.

La conexión permanente a la Red modifica la percepción subjetiva de uno mismo, al irse difuminando la frontera entre los recuerdos personales y la información repartida por Internet.

Una pareja es invitada a un cumpleaños. Por experiencia previa, cada uno de los dos sabe intuitivamente de qué ha de encargarse. Uno averigua si habrá que vestirse de manera formal o informal; el otro toma nota mental de la hora y lugar de la reunión, para que a ninguno se le olvide.

Todos, en alguna medida, delegamos en otros ciertas tareas. Cuando nos presentan información nueva, automáticamente hacemos responsables de recordar hechos y conceptos a otros miembros de nuestro grupo social; mientras nos ocupamos de algunas cosas, confiamos en que otras personas recuerden el resto. Si no logramos dar con el nombre correcto o no sabemos arreglar un aparato averiado, recurriremos a quienes sí lo puedan hacer. ¿Que nuestro coche hace ruidos raros? Consultamos a un mecánico amigo. ¿No conseguimos acordarnos del nombre de la protagonista de Casablanca? Telefoneamos a Marina, entusiasta cinéfila, que lo sabe a buen seguro. Todos los tipos de conocimiento, desde los más prosaicos a los más arcanos, están repartidos entre miembros del grupo, sea la unidad social en cuestión una pareja estable o el departamento de contabilidad de una multinacional. En cada caso, no solo conocemos la información que alberga nuestra propia mente; «sabemos» también las diversas clases de información que les han sido confiadas a otros para que las recuerden.

Esa división evita innecesarias duplicaciones de esfuerzos y permite ampliar la capacidad de memoria del grupo en su conjunto. Al descargar en otros ciertas informaciones, liberamos recursos cognitivos que habrían de ser utilizados para recordarlas; a cambio, aprovechamos parte de esos recursos para profundizar más en el conocimiento de las áreas que nos están encomendadas. Si los miembros de un grupo comparten la responsabilidad de la información, cada uno tiene acceso a conocimientos más amplios y completos que los que podría obtener por sí solo. La memoria distribuida crea cohesión en el grupo, pues cada individuo se halla incompleto si no puede apoyarse en el saber poseído entre todos. La pareja del cumpleaños por separado podría hacerse un lío: uno de ellos, despistado, iría por las calles vestido para un cóctel, mientras que el otro llegaría puntual luciendo una sudadera.

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