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1 de Febrero de 2011
Internet

Larga vida a la Red

La Red resulta crucial para la revolución digital, pero también para mantener la prosperidad y la libertad de nuestra sociedad.

ISTOCK/SRDJAN111

En síntesis

El principio de universalidad permite que la World Wide Web pueda funcionar con cualquier tipo de equipo físico, soporte lógico, conexión de red o idioma, así como manipular información de todos los tipos y calidades. Este es el principio que guía su diseño técnico.

Los estándares técnicos son abiertos y se hallan exentos de derechos. Gracias a ello, se pueden crear aplicaciones sin permiso de nadie ni exigencia de pago. Las patentes y los servicios de la Red que no utilizan los URI comunes como direcciones imponen límites a la innovación.

Las amenazas a Internet, como la interferencia de compañías o Gobiernos en su tráfico, ponen en peligro derechos básicos. Las aplicaciones de la Red, los datos vinculados y otras técnicas futuras solo se desarrollarán si se protegen los principios fundamentales del medio.

La red informática de ámbito mundial (World Wide Web, abreviada WWW o W3) nació en mi mesa de trabajo del CERN, el laboratorio europeo de física de partículas ubicado en Ginebra, en diciembre de 1990. Se componía solo de un sitio web y un navegador, ambos localizados en el mismo computador. Y con un montaje tan sencillo se introducía un profundo concepto: la posibilidad de compartir información entre dos personas cualesquiera del planeta. En alas de este principio, la Red (Web), creció velozmente desde sus raíces. Hoy se halla integrada en nuestro quehacer cotidiano y contamos con ella en cualquier momento, al igual que con la electricidad.

La Red se ha convertido en un poderoso y ubicuo instrumento por asentarse sobre principios igualitarios. Y también porque miles de individuos, universidades y sociedades comerciales pertenecientes al Consorcio de la Red (W3C) se han esforzado en ampliar sus posibilidades a partir de tales fundamentos.

La Red que hoy conocemos, sin embargo, sufre diversas amenazas. Algunos de sus participantes con más éxito han empezado a erosionar sus postulados. Hay grandes sitios de redes sociales que están aislando del resto de la Red la información que aportan sus usuarios. Los proveedores inalámbricos de Internet se ven tentados de ralentizar el tráfico a los sitios con los que no han establecido acuerdos. Los Gobiernos, sean totalitarios o democráticos, vigilan los hábitos de los internautas, con lo que ponen en riesgo derechos fundamentales.

Si los usuarios dejamos que estas y otras tendencias proliferen sin control, la Red podría fragmentarse en múltiples islas. Perderíamos entonces la libertad de conectarnos a cualquier sitio web que se nos antojara. Los efectos perniciosos llegarían a los teléfonos inteligentes y a las tabletas, populares portales de acceso a la gran cantidad de información contenida en la Red.

¿Por qué deben preocuparnos esas amenazas? Porque la Red es un recurso público del que dependen las personas, la actividad profesional, la sociedad y los Gobiernos. Representa un instrumento vital para la democracia, un canal de comunicaciones permanente a través del mundo. Hoy desempeña una función más esencial en la libertad de expresión que cualquier otro canal. Incorpora a nuestra era de la información los principios establecidos en la Constitución de EE.UU., la Carta Magna británica y otros documentos históricos: no habrá intromisiones, filtraciones, censuras ni desconexiones.

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