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Actualidad científica

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  • Enero/Marzo 1997Nº 7

Cosmología

Nubes moleculares, formación de estrellas y estructura galáctica

Las radioobservaciones muestran que las nubes gigantes de moléculas donde nacen las estrellas se distribuyen, de manera desigual, en las galaxias espirales. Ello quizás explique las variaciones que se registran en su apariencia óptica.

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Aunque la mayoría de las estrellas visibles en el cielo nocturno se formaron hace más de mil millones de años, el de creación de estrellas es un proceso que continúa. Gran parte de la fascinación que ejer­ce el universo tiene que ver, de una u otra manera, con el número relativamente pequeño de estrellas mucho más jóvenes. Los miembros de mayor masa y vida más corta de cada generación estelar presentan particular interés. En su juventud, suministran energía a las nebulosas fluorescentes que tachonan los brazos espirales de galaxias como la nuestra. Al morir, explotan espectacularmente en forma de supernovas, rellenando el espacio interestelar con una mezcla de gases que incluye una fracción enriquecida de elementos pesados. De esas cenizas surgirán las futuras generaciones de estrellas. A raíz, sobre todo, de las observaciones realizadas con radiotelescopios, ha ido quedando claro, a lo largo de los últimos años, que las fuentes de este rejuvenecimiento son las nubes moleculares gigantes; miden éstas más de cien años luz de diámetro y encierran una masa de materiales gaseosos de hasta un mi­llón de veces la solar. Dentro de esos inmensos capullos, en el seno de la fría y polvorienta oscuridad, tiene lu­gar la metamorfosis de las estrellas.

Aunque se sabe que las nubes gaseo­sas gigantes son lugares fértiles para la formación de estrellas, llama la atención que no se hayan transformado totalmente en éstas. Hoy, transcurridos más de 10.000 millones de años desde el nacimiento de nuestra galaxia, pueden verse todavía muchas estrellas jóvenes emergiendo de las nubes donde nacieron. Aisladas del entorno galáctico, las nubes colapsarían por su propio peso, transforman­do su gas difuso en estrellas en menos de 10 millones de años. Si la formación de estrellas fuese inevitable, requiriéndose sólo que una adecuada masa de materia estuviera acumulada en la nube, la provisión de gas interestelar necesario para nutrir la próxima generación de estrellas se habría reducido, hace tiempo, a la insignificancia. De lo que se infiere que existirá una sutil interacción en­tre las nubes y su en­torno galáctico que regule, de manera eficaz, la formación de estrellas. Uno de los capítulos más excitantes de la astrofísica contemporánea ha sido el trabajo ob­ser­vacional y teórico realizado para de­terminar qué papel desempeñan las nubes moleculares gigantes en la evolución galáctica y qué relación media entre la formación de estrellas y la estructura en gran escala de las galaxias.

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