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Actualidad científica

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  • Enero/Marzo 1997Nº 7

Cosmología

Polvo cósmico

La Vía Láctea y las demás galaxias espirales están atravesadas por agregados de partículas muy finas. Aunque estos velos nos oculten parte del universo remoto, tienen una importancia capital en el nacimiento de las estrellas y de los sistemas planetarios

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Todavía a principios del siglo xx la mayoría de los astrónomos consideraba que el espacio situado entre las estrellas estaba prácticamente vacío. Pero Johannes Franz Hartmann (1865-1936) descubrió en 1904 desde el observatorio de Potsdam (Berlín) que en el espectro de la estrella binaria próxima δ Orio­nis, Mintaka, las líneas de absorción no podían ser de origen estelar, sino que debían ser causadas por el gas situado a lo largo del trayecto entre la Tierra y las estrellas. El americano Edward E. Barnard (1857-1923) se dio cuenta finalmente de que las numerosas zonas desprovistas de estrellas que hay en la banda brillante de la Vía Láctea no es que carezcan de materia, sino que se trata de nubes de gas cuyo contenido de partículas de polvo es relativamente grande y absorben la luz de las estrellas situadas tras ellas.

Muchas de estas nubes oscuras interestelares cubren áreas del cielo de extensión considerable y tienen forma irregular; algunas, sin em­bar­­go, se nos presentan como muy compactas y redondeadas (figura 1). El astrónomo Bart J. Bok (1906-1983) fue el primero que sospechó, en 1942, que tales globulillos pudieran ser la antesala de las protoestrellas. Como la radiación de las estrellas vecinas no puede penetrar muy profundamente en su interior, éste se encuentra relativamente frío, lo que permite que los glóbulos se contraigan por su propia gravitación, desatando el proceso de la formación estelar.

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