La evolución cobra vida

La reconstrucción de humanos extintos para devolverles el aspecto que tuvieron en vida plantea problemas insólitos y embarazosos a los paleontólogos, habituados a interpretar la evolución a partir únicamente de huesos y dientes.

Los huesos antiguos constituyen las pruebas objetivas de la historia biológica. Vistos desde mi atalaya, la paleontología, proporcionan muchísima más información acerca de las criaturas extintas que las reconstrucciones o los modelos, en cuya creación el arte desempeña papel no menos importante que la ciencia. Pero soy también conservador de museo y desde tal perspectiva tengo clara conciencia de que, a los ojos del público, nada confiere tanta vitalidad al pasado como una reconstrucción bien concebida.

Cuando me fue conferida la responsabilidad de conservador de la nueva Sala de Biología y Evolución Humana del Museo Americano de Historia Natural, tanto a Willard Whitson, quien diseñó la sala, como a quien escribe se nos hizo evidente que necesitábamos incluir algunas reconstrucciones de los primeros humanos. Queríamos además exponer tales figuras de forma dinámica, en el contexto de situaciones que nuestros antepasados hubieron debido afrontar. Unicamente así podríamos devolverles un remedo de vida. Confiábamos en que la conjunción de un esculpido perspicaz con los materiales modernos de moldeado permitiesen alcanzar un nivel de realismo que rivalizase con los espectaculares dioramas de animales modernos exhibidos en las galerías contiguas.

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