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1 de Septiembre de 1987
Botánica

Aerodinámica de la polinización eólica

Muchos vegetales presentan una disposición poco menos que perfecta para capturar el polen transportado por el viento. Las piñas, las inflorescencias y otras estructuras encauzan las corrientes de aire hacia los órganos reproductores.

Las ráfagas de polen que, estacionalmente, irritan los senos nasales de quienes padecen fiebre del heno constituyen un efecto colateral de la estrategia reproductora de innumerables especies vegetales, que arrojan al aire una verdadera lluvia de granos de polen (esporas productoras de espermatozoides). Si todo trascurre según lo previsto, las corrientes de aire los conducirán a otras plantas de la misma especie. El polen que aterriza en los primordios seminales (órganos especializados, productores de ovocélulas), o en las estructuras que los contienen, los fecunda y los capacita su transformación en semillas.

Tradicionalmente, los biólogos han considerado que la dispersión por el viento —el método de polinización más antiguo que ha subsistido hasta el presente— resulta más despilfarradora que las estrategias de otros muchos vegetales, que dependen de los insectos, las aves u otros animales para transportar el polen. De cada mil granos de polen confiados al viento, quizá no llegue más de uno al órgano femenino de la planta destinataria. La mayoría choca con objetos no receptores, como hojas, ramas, postes telefónicos o conductos nasales humanos.

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