Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarle el uso de la web mediante el análisis de sus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúa navegando, consideramos que acepta nuestra Política de cookies .

Actualidad científica

Síguenos
  • Google+
  • RSS
  • Temas IyC
  • Octubre/Diciembre 2017Nº 90

Medicina

Un interruptor para la terapia génica

El camino que llevará a una mayor seguridad de este tratamiento pasa por el diseño de interruptores moleculares que permitan activar o desactivar los genes introducidos.

Menear

«Los humanos no mudamos la piel», sentencia R. J. Kirk. Este excéntrico multimillonario dirige sus negocios desde West Palm Beach (Florida), un agradable paraje donde abundan los pelícanos y los manglares. Con una fortuna amasada con los medicamentos de administración oral, le había telefoneado para hablar de sus últimos proyectos en el campo de la biotecnología. No esperaba acabar escuchando nada relacionado con animales. Pero resulta que la muda de los insectos, la sustitución del exoesqueleto viejo y ceñido por otro renovado y holgado, presenta interesantes propiedades que adaptadas a la terapia génica, aún en fase experimental, la harían más segura.

A los médicos les gustaría introducir en las personas copias de genes funcionales para tratar una serie de trastornos hereditarios. Los genes dotan a las células de las instrucciones para fabricar las proteínas, entre otras moléculas, de modo que la inserción de un gen funcional en el organismo puede, en teoría, asegurar el suministro permanente de cualquier proteína deficitaria que un paciente pueda necesitar. Pero la terapia génica ha tenido una historia problemática, en parte porque no hemos logrado controlar con precisión el punto de inserción de ese nuevo gen en el ADN celular o cómo será su actividad una vez implantado allí (y cuánta proteína producirá). Estos problemas pueden degenerar en efectos indeseados, como la aparición de tumores malignos.

Una solución lógica al problema de que se sinteticen proteínas en lugares y volúmenes inadecuados consistiría en combinar el gen terapéutico con un interruptor que lo activara o desactivara según fuera necesario. Pues da la casualidad de que los insectos poseen un interruptor tal para controlar la muda, afirma Kirk, presidente y director ejecutivo de Intrexon, empresa que desarrolla nuevas técnicas de ingeniería genética.

Y ahí radica la clave. La muda de los insectos es un proceso irreversible: una vez iniciada no se detiene. La vía genética que dirige el proceso permanece completamente inactivada hasta el momento oportuno. El gen que interesa a Kirk funciona como un interruptor general de toda esa actividad. Codifica una hormona llamada ecdisona. A medida que esta se extiende por el cuerpo del insecto, activa un nutrido número de genes que inician la confección del nuevo exoesqueleto. En cuanto está listo, el insecto se deshace del viejo. Cuando la muda se acerca a su fin, los niveles de ecdisona caen a cero y la vía genética se desactiva de inmediato. Y lo más importante para Intrexon es que, una vez apagado, el interruptor es inviolable: sin ecdisona la muda no comienza. El interruptor impide que el grupo de genes actúe hasta el momento de una nueva muda [véase «Regulación hormonal de la metamorfosis en los insectos», por Xavier Bellès; Investigación y Ciencia, octubre de 2015].

Los científicos de la empresa decidieron aprovechar esa infalibilidad para controlar con precisión los genes introducidos en los pacientes. Imagine que los genes trasplantados incorporaran un interruptor biológico que se encendiese —y, por tanto, activase el gen terapéutico— únicamente en presencia de moléculas de ecdisona modificadas para operar en el contexto de la fisiología humana. Los pacientes que recibiesen una dosis pequeña de este fármaco (cuyo nombre técnico es ligando) activarían solo unas pocas copias del nuevo gen, que produciría pequeñas cantidades del compuesto codificado por el mismo. Aquellos que recibiesen una dosis elevada del fármaco activarían muchas copias del gen y producirían grandes cantidades del compuesto en cuestión. Ante una emergencia imprevista, la retirada del ligando anularía todo el proceso. Sin ecdisona el gen introducido quedaría silenciado. Y como ventaja adicional, la ecdisona no interferiría con ningún otro gen porque el cuerpo humano ni usa ni precisa la hormona para regular ningún otro tipo de actividad genética. O, tal y como Kirk apostilla: «Los humanos no mudamos la piel».

Puede conseguir el artículo en:

Artículo individual

Artículos relacionados

BOLETÍN ACTUALIDAD¿Quieres estar al día de la actualidad científica? Recibe el nuevo boletín de actualidad con nuestros mejores contenidos semanales gratuitos (noticias y posts). Si lo deseas también puedes personalizar tu suscripción. BOLETÍN ACTUALIDAD¿Quieres estar al día de la actualidad científica? ¡Recibe el nuevo boletín de contenidos gratuitos! Ver más boletines.