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1 de Junio de 2014
Biofísica

Nadar en melaza

Para algunas de las criaturas más diminutas y abundantes del mundo, moverse por el agua constituye una hazaña de enorme dificultad.

Cortesía de la Biblioteca Pública de BOSTON

En síntesis

En enero de 1919, un desvencijado depósito de melaza reventó. Una enorme ola de fluido viscoso arrasó las calles del barrio de North End, en Boston. Se tragó a personas y animales, que no podían liberarse sin ayuda.

Por sus minúsculas dimensiones, las bacterias y otros microbios se mueven por el agua y otros fluidos como nosotros por la melaza. La mayoría resuelve este problema con potentes colas que recuerdan a látigos o con numerosos y diminutos pelos que mueven como remos.

Algunos microorganismos, sin embargo, han desconcertado a los científicos durante años, pues nadaban sin ningún apéndice externo manifiesto. Recientemente, se han ido resolviendo algunos de estos misterios con el descubrimiento de adaptaciones hasta ahora desconocidas; por ejemplo, motores proteínicos o enzimas que licúan el légamo.

El 15 de enero de 1919, justo cuando Martin Clougherty se levantaba de la siesta, una imponente muralla de melaza se estampó contra su cuarto. Lo mandó hasta la mitad de la calle. Maltrecho pero consciente, se las arregló para quitarse de los ojos gruesos grumos pringosos y mantenerse erguido en esa especie de lodo pegajoso que corría a su alrededor, un mar de fluido ámbar y espeso que arrastraba los astillados despojos de su casa. Se arrojó sobre una balsa de residuos que pasaba ante él (la armazón de su cama) y atisbó una mano que apenas sobresalía del légamo. La tomó y tiró hasta subir a la balsa a una mujer que daba boqueadas: su hermana Teresa.

A menos de treinta metros de la casa de los Clougherty, un desvencijado tanque de almacenamiento de melaza, alto como una casa de cinco pisos y lleno casi a rebosar, acababa de reventar. Había soltado más de siete millones de litros de melaza a las calles del North End, un barrio de Boston. Una ola de siete metros y medio de altura y 50 de ancho en su máximo demolió edificios, aplastó vagones de mercancías y arrancó de sus cimientos el cuartel de bomberos mecanizados número 31. El segundo piso de este edificio cayó sobre el primero, de manera que atrapó a varios bomberos y a un cantero en un espacio donde apenas si podían erguirse. Los fornidos hombres trataron de avanzar por la melaza como si se tratara de agua, pero cada movimiento de las piernas les requería un enorme esfuerzo. Uno de los bomberos se ahogó, agotado. El desastre se llevó la vida de 21 personas e hirió a otras 150, muchas de las cuales fueron engullidas por el aluvión y necesitaron de la ayuda de otros para liberarse porque por sí mismos les hubiera sido imposible, tal como describe detalladamente Stephen Puleo en su libro Dark tide [«Marea oscura»] (Beacon Press, 2003).

Desde el punto de vista de un ser humano, una ola de melaza es un suceso de lo más raro, algo tan estrafalario que al principio resulta difícil de creer. Pero para algunas de las formas de vida más abundantes del planeta, sin embargo, empantanarse en melaza es cosa de cada momento. Al ser tan diminutos, muchas bacterias y paramecios, y otros microorganismos, se pasan la vida forcejeando con el agua como las personas se las verían y se las desearían en la melaza. O peor aún: las bacterias se enfrentan a fuerzas viscosas millones de veces superiores a las que se desencadenaron en Boston en 1919.

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