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Actualidad científica

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  • Abril/Junio 2018Nº 92

Evolución

Genes humanos para ambientes extremos

El genoma de las poblaciones adaptadas a vivir en las zonas más inhóspitas de la Tierra puede encerrar información valiosa sobre nuestra evolución y sobre posibles tratamientos médicos.

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Tal vez por un exceso de autoconfianza o por una pizca de arrogancia, a menudo damos por sentado que la humanidad ha dejado de evolucionar. ¿Es realmente así? Obviamente, debido al largo tiempo que necesita la evolución y a la imposibilidad de predecir el futuro, no es posible confirmarlo. Sin embargo, la observación de los diversos grupos humanos contemporáneos parece indicar que, al igual que ocurre en otras formas de vida, la evolución biológica no es un «avanzar hacia», sino la propia esencia de la existencia.

La teoría de la evolución, como la describió Charles Darwin y más tarde refinaron otros científicos, se basa en la idea de que las mutaciones en el ADN de un organismo surgen principalmente al azar. Con el tiempo, estas mutaciones desaparecerán o aumentarán su frecuencia en una población dependiendo de su efecto sobre el portador. La selección natural actúa de hecho sobre las variantes genéticas que, expuestas a ambientes diferentes, proporcionan una ventaja reproductiva a los individuos que las llevan. A su vez, esta ventaja contribuye a la propagación de estas mismas variantes, ya que garantizan una mejor adaptación de la descendencia a un nuevo ambiente.

Pero también hay un lado negativo. Si una especie no está expuesta a cambios ambientales, este empuje adaptativo resulta menos preponderante y, debido a ello, la reserva genética de la especie alcanza una suerte de «equilibrio evolutivo».

Nuestra especie, Homo sapiens, además de este posible equilibrio evolutivo, cuenta con la cultura como fuerza estabilizadora adicional de su patrimonio genético. Pensemos en la capacidad de producir energía mediante la combustión, en la ropa, en las vacunas, en los antibióticos o en la agricultura y la ganadería como conquistas que mejoran la calidad de vida y la supervivencia de una comunidad; o incluso en las gafas o en las prótesis como instrumentos que pueden aumentar enormemente la probabilidad de supervivencia de los individuos que, sin ellos, se encontrarían desfavorecidos.

Sin embargo, durante los últimos 10.000 años (un tiempo escaso, en términos evolutivos), la humanidad ha debido hacer frente a condiciones ambientales que no se podían neutralizar o mitigar con soluciones tecnológicas. En particular, la menor disponibilidad de oxígeno en altitudes elevadas o las temperaturas extremas, muy altas o muy bajas, son algunas de las limitaciones del entorno que hasta ahora no se han podido remediar mediante respuestas culturales, salvo por períodos cortos. No sorprende, pues, que precisamente estos estímulos sean responsables de una buena parte de la evolución reciente de nuestra especie.

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