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Actualidad científica

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  • Abril/Junio 2018Nº 92

Paleontología

La evolución de la pelvis humana

Nuevos descubrimientos paleontológicos suscitan preguntas acerca de la pelvis y del largo proceso que culminó con su peculiar forma.

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Soy paleoantropóloga, una estudiosa de la evolución humana que pasa gran parte del tiempo examinando pequeños fragmentos de hueso. Me hago preguntas del tipo: ¿Cómo era el parto de las neandertales? ¿En qué momento surgieron las diferencias entre la pelvis masculina y la femenina en nuestros antepasados? O, ¿este pedazo plano de hueso es parte de un omóplato o de un coxal? Para llevar a cabo esa labor, he de identificar fragmentos óseos, averiguar cómo encajan en el esqueleto, determinar a qué especie fósil pertenecen y ubicar a esta en nuestro árbol evolutivo. Es como tratar de encajar un rompecabezas inacabable sin guía alguna y con multitud de piezas ausentes. A veces me han preguntado por qué alguien elige una carrera tan frustrante y la verdad es que no les faltaba algo de razón. Pero al final, se impone el afán de curiosidad: investigar cómo hemos llegado hasta aquí y por qué somos los únicos supervivientes de nuestra familia es demasiado tentador como para ignorarlo.

Hace entre trece y siete millones de años, nuestro linaje se separó del que culminó con el chimpancé, Pan troglodytes. El último antepasado común de ambos probablemente vivió en un ambiente forestal. Los especialistas creen que su esqueleto tuvo que estar adaptado a la vida arborícola y, por tanto, que su morfología debió de ser más parecida a la del chimpancé que a la del hombre. Tras la separación de aquel antepasado común, la senda que conduce hasta el ser humano quedó jalonada por numerosas especies, los homininos (antes llamados homínidos, con categoría de familia, hasta que la constatación de los estrechos lazos que nos unen con los grandes simios hizo rebajar esa distinción hasta el nivel de subfamilia o tribu). Algunos son nuestros antecesores directos, otros, en cambio, son primos evolutivos, descendientes del antepasado común que compartimos con el chimpancé, pero ajenos al linaje directo del cual somos los últimos representantes. Muchas veces resulta difícil discernir qué especies son ancestros directos y cuáles parientes más o menos lejanos, especialmente porque contamos con pocos fósiles que proporcionen esa información.

A finales del siglo XIX, cuando Charles Darwin andaba escribiendo sobre la evolución humana, muchos eruditos pensaban que la senda evolutiva que conducía hasta la humanidad era una línea recta. Semejante idea parecía razonable a sus ojos, pues apenas se habían hallado fósiles de homininos. Lo más sencillo era imaginar que a una especie simiesca de aspecto primitivo le sucedieron otras especies más modernas, en un proceso lineal que culminó con Homo sapiens sapiens. Hoy disponemos de muchos más fósiles para trazar el árbol genealógico de los homininos y sabemos que la evolución rara vez sigue una trayectoria recta. Como en tantas otras especies zoológicas, nuestro pasado evolutivo es enrevesado. Algunos rasgos surgieron en reiteradas ocasiones a lo largo del tiempo, la diversidad de especies es mayor de lo que suponíamos y tenemos pocas pistas sobre la senda que condujo hasta nosotros. Semejante situación hace que el descubrimiento de fósiles pertenecientes a una especie nueva pueda dar un vuelco a todo el esquema de la evolución humana de la noche a la mañana. En los últimos tiempos, ese esquema dista de ser un camino recto; muy al contrario, recuerda al entramado urbano de una gran ciudad, con callejones sin salida, desvíos, rotondas y caminos secundarios que representan tanto a fósiles conocidos como a especies de homininos que aún aguardan a ser descubiertas.

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