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Actualidad científica

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  • Abril/Junio 2018Nº 92

Evolución

La larga vida de los humanos

El estudio del genoma y de momias antiguas está ayudando a comprender por qué la esperanza de vida de Homo sapiens supera con creces la de otros primates.

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Un domingo por la mañana, en un barrio marginal de la ciudad de Lima, se oye llegar un furgón blanco que transporta una docena de cuerpos y se detiene ante el Instituto Nacional de Ciencias Neurológicas. En una pequeña sala de espera, en la parte posterior del edificio, una multitud de científicos y autoridades oficiales bien vestidos observa con atención. Mientras el conductor se apea, un ayudante se apresura a buscar un celador del hospital. Tras pocos minutos, dos hombres conducen el primer cuerpo hacia la unidad de diagnóstico por imágenes del instituto.

Entre los curiosos se halla Caleb Finch, biólogo de la Universidad de California del Sur, que ha estado esperando este momento durante meses. Este científico de 74 años, alto, delgado, canoso y con una larga barba, ha dedicado toda su carrera a estudiar el envejecimiento de los humanos. En comparación con otros primates, nuestra especie es muy longeva. Nuestros parientes más cercanos, los chimpancés, poseen una esperanza de vida al nacer de unos 13 años, valor muy inferior a los 78,5 años que esperan vivir los niños nacidos en Estados Unidos en 2009. Finch ha venido a Lima para investigar el porqué de esta diferencia a partir de pruebas del pasado remoto. Los cadáveres que transporta el furgón corresponden a hombres, mujeres y niños que fallecieron hace 1800 años en una estrecha franja de desierto cercana a la costa, mucho antes de la conquista española. Envueltos en ropas y cubiertos de polvo, estos cuerpos se han momificado de forma natural gracias a la aridez del desierto donde fueron enterrados. Su preservación ofrece nuevas claves para comprender la longevidad humana. Son emisarios de una época anterior a la medicina moderna y permiten el estudio del proceso de envejecimiento en el pasado.

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