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Actualidad científica

  • 22/06/2018 - DESARROLLO EMBRIONARIO

    Logran modificar la forma de los tejidos embrionarios mediante optogenética

    Con ello se está más cerca de la creación de tejidos biológicos con formas personalizadas, lo que tiene importantes repercusiones en medicina regenerativa.

  • 21/06/2018 - Toxicología

    Abuelos expuestos, nietos afectados

    En ratones, los efectos negativos del bisfenol A, compuesto tóxico presente en botellas de plástico, dentífricos o resinas, se observan más allá de la segunda generación. En concreto, la sustancia podría afectar la vocalización de los descendientes.

  • 20/06/2018 - Genética

    Una levadura desafía al código genético

    Entre las reglas verdaderamente inviolables de la vida está la inmutabilidad del código genético. Bacterias, plantas, personas: los seres vivos construyen sus proteínas siguiendo unas mismas instrucciones, codificadas mediante secuencias de unos mismos grupos de tres letras. Pero siempre hay quien que va por libre.

  • 20/06/2018 - Alimentación

    Alimentos de doble filo

    Los aperitivos ricos en grasas e hidratos de carbono activan de manera intensa las áreas cerebrales de recompensa, lo que los convierte en muy gratificantes.

  • 19/06/2018 - Astrofísica

    Cuando una estrella se cruza con un agujero negro

    Se ha observado por primera vez de forma casi directa la fragmentación de un objeto por un agujero negro y la creación de un chorro de partículas ultraveloces.

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  • Abril/Junio 2018Nº 92

Evolución humana

Pérdidas de ADN en nuestra evolución

El cerebro voluminoso, la marcha bípeda y los hábitos reproductivos que nos caracterizan quizá surgieron porque nos deshicimos de segmentos clave del ADN.

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Cuando visitamos un zoo y nos detenemos a contemplar a nuestros parientes vivos más cercanos, los grandes simios, hay dos cosas que suelen cautivarnos. La primera es su extraordinario parecido con los humanos. La expresividad del rostro y las manos prensiles de los chimpancés, bonobos, orangutanes y gorilas son pasmosamente similares a las nuestras.

La segunda es que no hay duda de que somos distintos. El caminar erguido, el cerebro grande e inteligente, amén de otros caracteres, nos diferencian de ellos sin género de dudas. ¿Qué acontecimientos de la evolución resultaron primordiales para hacernos singularmente humanos? ¿Por qué y cómo ocurrieron? Antropólogos y biólogos evolutivos llevan abordando y debatiendo esas incógnitas desde hace décadas y, cada vez más, se están volcando en las modernas técnicas genéticas con el fin de sondear el misterio. Así se ha descubierto que algunos de los atributos privativos del ser humano (los caracteres que nos diferencian de nuestros familiares íntimos) no serían el resultado de incorporaciones a nuestros genes, como podría suponerse, sino de pérdidas, esto es, de la desaparición de segmentos relevantes del ADN.

Varios laboratorios de investigación, entre ellos el de quien escribe estas líneas, han seguido el rastro de algunas de esas pérdidas en el pasado comparando el genoma humano con el de otros mamíferos e incluso con el de humanos primitivos: los neandertales y nuestros no tan conocidos primos, los denisovanos. De ese modo hemos sabido que durante los más o menos ocho millones de años que han transcurrido desde que el linaje humano se separara del de los chimpancés, nuestro genoma se ha desprendido de «interruptores» del ADN que activan genes primordiales para el desarrollo. Los neandertales presentan también esa pérdida, circunstancia que deja claro que la desaparición ocurrió pronto en nuestra senda evolutiva. De hecho, la desaparición de esas secuencias de ADN parece estar vinculada con los caracteres capitales de la naturaleza humana: cerebro voluminoso, bipedismo y hábitos reproductivos peculiares.

Perdedores
Mi vivo interés por la evolución humana nació durante mis años de tesis doctoral con el eminente antropólogo C. Owen Lovejoy, de la Universidad Estatal de Kent, donde estudié las diferencias entre los esqueletos masculinos y femeninos de antepasados extintos. Quería proseguir con esa labor para averiguar cuáles de nuestros genes y procesos de desarrollo habían variado a lo largo de nuestra inusual senda evolutiva. Tuve la suerte de obtener una plaza de posdoctorado con David Kingsley, de la Universidad Stanford, quien andaba estudiando precisamente el tipo de cuestiones que tanto me interesaban.

El laboratorio de Kingsley había descubierto cambios en el ADN implicados en la evolución de los peces espinosillos, como la eliminación de un segmento de la molécula en las especies dulceacuícolas de esta familia que resultó ser la responsable de la desaparición de las aletas pélvicas espinosas que las caracteriza. Ese fragmento perdido de ADN contenía un «interruptor» que era necesario para activar, en el momento y el lugar adecuados, un gen involucrado en el desarrollo de la espina pélvica. Si ese tipo de proceso había ocurrido en los espinosillos, ¿por qué no pudo darse en el linaje humano? No parecía descabellado pensar que cambios sutiles en el momento y el lugar en que se activan los genes durante el desarrollo pudieran haber actuado como un resorte evolutivo de nuestro genoma.

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