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1 de Septiembre de 2005
Astronomía

Estratigrafía y relieve de Marte

Uno de los vehículos exploradores se encontró con un desierto antiguo; el otro, con un mundo antaño húmedo. La diversidad de Marte es digna de la terrestre.

Muchos buscan en el desierto severidad y sencillez. A mí me interesa la complejidad. Las rocas del oeste de Arizona, donde trabajo, encierran una de las historias más intrincadas que haya habido en la Tierra. Las capas de piedra caliza, de carbonatos, de lodo sedimentado, de arena de cuarzo y de lava solidificada demuestran que, en los últimos 600 millones de años, esta región pasó de mar somero y cálido a ciénaga, que devino en desierto inmenso de dunas brillantes y ardientes, para constituirse luego en extensión de hielo y ésta, en mar somero de nuevo. Las erupciones volcánicas formaron islas como Japón; impelidas cerca de 200 kilómetros continente adentro a lo largo de fallas enormes, ladearon capas de roca que, al calentarse, produjeron mármol y cuarcita. La elevación del terreno y la erosión crearon por fin el paisaje desértico que apreciamos hoy día.

Semejante reconstrucción histórica, tan minuciosa, resultaba imposible en el caso de Marte. A lo largo de mi vida, he visto, sin embargo, cómo dejaba de ser un mero punto en el cielo nocturno. Ahora se nos aparece como una tierra de volcanes empinados, de lechos fluviales secos, de antiguos lagos y de llanuras de lava barridas por el viento. Marte cuenta con una de las historias más apasionantes del sistema solar, aunque apenas ha comenzado a bosquejarse. Llevamos años debatiendo en torno a cuestiones fundamentales: si el planeta fue cálido y húmedo, parecido a la Tierra, o si fue frío, seco y árido, a la manera lunar, como si pudiéramos reducir la historia de un mundo entero a media docena de palabras.

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