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1 de Agosto de 1995
Vulcanología

Río de barro

Aunque los efectos climáticos a escala global de la erupción del monte Pinatubo han amainado, el daño local persiste en forma de lahares o coladas de cenizas volcánicas, a veces más devastadoras que las propias explosiones.

Cuando el monte Pinatubo, de las islas Filipinas, despertó en 1992 de un letargo de seis siglos, arrojó una enorme cantidad de materia volcánica. Las partículas pequeñas, llegadas hasta la parte alta de la atmósfera, se dispersaron. Pero el grueso de la erupción cayó sobre los habitantes de la zona en una suerte de lechada de cemento hecha de ceniza y lluvia. Los ocho kilómetros cúbicos de material expulsado por el volcán dejaron los contornos cubiertos de una gruesa capa de cenizas de potencia suficiente para abatir los edificios. El volcán cubrió el planeta con una manta de aerosoles estratosféricos que dispersaron la luz solar hasta el punto de enfriar la Tierra.

Los efectos climáticos globales amainaron. No así el daño local. Persisten las coladas de cenizas volcánicas, que se forman al iniciarse una erupción volcánica violenta. Estos ríos viscosos de barro (derecha) pueden ser devastadores, a menudo más que las propias explosiones. Los habitantes de los aledaños del Pinatubo, huidos, continúan esperando que la nueva superficie débilmente consolidada se estabilice, para volver. Pero después de permanecer cerca de 600 años dormido, no parece que el volcán tenga mucha prisa en retornar a la normalidad.

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