Ya tenemos presupuestos. No soy economista, y por ello me abstendré de opinar sobre la idoneidad de las medidas adoptadas. Tampoco soy gestor científico, y por lo tanto me abstendré de vaticinar cuáles serán las consecuencias a largo plazo de los recortes en investigación. En cambio, me siento perfectamente capacitado para certificar el menosprecio que nuestros políticos y empresarios sienten por el conocimiento científico, motivo último por el cual ha sido imposible cambiar el sistema productivo español durante las dos pasadas décadas y será muy difícil hacerlo en el futuro.
Durante los últimos meses no ha cejado de sonar la misma cantinela. Los investigadores españoles somos buenos publicando, pero malos innovando. Nuestro trabajo tiene como único objetivo el lucimiento personal. La publicación de brillantes artículos en revistas de renombre no contribuye en nada al desarrollo industrial del país y a los emprendedores les corresponde resolver en solitario el reto de la innovación, sin la ayuda de un mundo académico cerrado sobre sí mismo. Ha llegado la hora de modificar de raíz el sistema español de ciencia y tecnología, poniéndolo de verdad al servicio de la industria. Debemos dar prioridad a la investigación aplicada y dejarnos de banalidades académicas financiadas con fondos públicos.
A mí todo esto me suenan a excusa, pues desde hace años en España se hace caso omiso a los datos científicos a la hora de gestionar los recursos marinos. Cada año, en noviembre, la Comisión Europea propone las nuevas cuotas pesqueras para las flotas del Atlántico. Cada año, en noviembre, el ministro español del ramo, con independencia de su color político, las considera un agravio a los intereses de la industria pesquera española. Cada año, en diciembre, el ministro parte raudo hacia Bruselas dispuesto a resolver la injusticia. Y cada año, el ministro regresa triunfante a Madrid luciendo unas cuotas mayores, arrancadas tras una negociación basada en negar la calidad de los datos científicos sobre los que se basa la propuesta de la Comisión Europea. El ministro correspondiente, al margen de su color político, hace suya así la opinión mayoritaria entre los pescadores, según los cuales sólo ellos saben algo del mar. Con estos antecedentes, no resulta extraño que el sector pesquero español se oponga frontalmente a la reforma la Política Pesquera Común preparada por la Comisión Europea. Y lo hace simplemente cuestionando la validez de los datos disponibles y blandiendo los 20.000 empleos en juego. ¿Dónde está la apuesta del sector pesquero español por la innovación basada en el conocimiento científico?
Pero no sólo el sector pesquero menosprecia la información científica. El turismo constituye una de las principales industrias españolas. La inmensa mayoría de los 50 millones de turistas que visitan el país lo hacen atraídos por el sol, la arena y el mar, a pesar de lo cual el sector no pone ningún empeño en cuidarlos. Desde hace años, las playas de ciertas zonas del litoral mediterráneo se reducen debido a la erosión. Ante el problema, el sector turístico se limita a exigir a las administraciones competentes la restitución de la arena perdida antes del inicio de la temporada de verano. No investiga las causas de la erosión ni reclama la adopción de soluciones basadas en el conocimiento científico. Sólo reclama arena antes del inicio de la temporada turística. No importa si las playas regeneradas vuelven a erosionarse al cabo de cuatro años. Al fin y al cabo, no han pagado ellos el coste de la operación y si bien en algunos casos resolver el problema de forma definitiva resulta complejo, en otros es fácil. Pero tampoco parece importarles mucho.
La arena de las playas de las islas Baleares está formada básicamente por fragmentos de esqueletos calcáreos de animales y plantas marinos, la mayor parte de los cuales viven en las praderas de la fanerógama Posidonia oceanica y en los fondos de algas calcáreas situados entre 40 y 90 metros de profundidad. La conservación de estas comunidades resulta, pues, fundamental para el aporte de sedimentos a las playas baleares. Además, las praderas situadas a poca profundidad atenúan el oleaje y reducen la erosión. Por si fuera poco, las hojas de Posidonia oceanica acumuladas en las playas incrementan la deposición de arena y fertilizan la vegetación de los sistemas dunares. Gracias a la arena retenida por las raíces de estas plantas, las dunas actúan como reservorios capaces de aportar nuevamente arena a la playa, en caso de ser erosionada debido a un temporal excepcionalmente fuerte. Sin dunas, la playa también acabaría recuperándose, pero gracias a ella lo hará más rápidamente.
Todo esto lo sabemos gracias a numerosos proyectos de investigación básica, financiados con fondos públicos. Prácticamente no ha existido investigación aplicada financiada por el sector turístico, quizá porque al ser las playas de dominio público no las ha considerado suficientemente valiosas. Pero el sector tampoco se ha caracterizado por defender una gestión de las playas basada en criterios científicos. La acumulación de hojas de Posidonia oceanica en las playas contribuye de forma clara a la estabilidad de los arenales, pero su presencia casa mal con la imagen de playas de arena blanca anhelada por los turistas. Además, los depósitos situados en la misma orilla desprenden un olor desagradable, no voy a negarlo. Se plantea entonces el reto de mantener las playas libres de grandes depósitos de hojas y al mismo tiempo conservar su función protectora. La solución pasa por retirar las hojas de la playa sólo cuando son muy abundantes y retrasar la operación hasta bien entrada la primavera. Además, las hojas deben retirarse con métodos que no eliminen arena y las hojas deben depositarse en los márgenes del sistema dunar. Se logran así playas a gusto de los turistas sin perder por ello la protección de las hojas y por lo tanto la protección frente a la erosión.
Sin embargo, en Baleares, el modo de gestionar las hojas de Posidonia oceanica en las playas no es una mera cuestión técnica. Cada año, los periódicos locales dedican decenas de hojas al tema. El tema resulta objeto de violenta confrontación política entre defensores de un turismo sostenible y quienes tienen como única prioridad ofrecer a los turistas una falsa imagen de postal, aunque ello represente incrementar el riesgo de erosión y perder, a la larga, las playas. Curiosamente, el sector turístico se mantiene al margen del debate, limitándose a recordar, como quien no quiere la cosa, la necesidad de mantener las playas limpias. Es más, cuando uno de los ayuntamientos de la isla de Menorca optó por retirarse del servicio mancomunado de limpieza de playas, el sector turístico no dijo nada. Dicho ayuntamiento se retiró por no considerar adecuada una gestión basada en permitir la presencia de una cierta cantidad de hojas de Posidonia oceanica. Para el político responsable, carente de toda formación científica, era inaceptable dejar una sola brizna sobre la arena. Y el sector turístico calló. Igual que hace un año, al quedar sin servicio los puntos de fondo instalados unos años antes en ciertas praderas de Posidonia oceanica y cuya utilización minimizaba el impacto de los yates sobre las mismas.
¿Cómo puedo creerme con estos antecedentes la excusa de que si nuestro trabajo no sirve de nada es porque está desconectado de la vida real y de las necesidades de la industria? En realidad nuestro trabajo no interesa porque sus conclusiones molestan. La solución es fácil: muerto el perro, se acabó la rabia. Aunque también es posible que nuestro trabajo no sirva para nada porque suele estar escrito en inglés y por ello resulta incomprensible para nuestros gestores y empresarios. Porque los nuevos emprendedores que nos sacarán de la crisis sí saben inglés ¿vedad?
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