Tabús científicos (3): Esa cosa llamada «mujer»

31/10/2017 5 comentarios
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Cuando algo no es un problema, ése es EL problema.

Si algo han tenido más que claro los científicos y sostenedores del saber máximo a lo largo de la historia, curiosamente siempre varones, es que las mujeres son, por definición, un ser inferior, tanto física como mentalmente. Así, sin tapujos ni problemas: era un hecho más allá de duda alguna, que no era necesario justificar, porque... ¿para qué perder el tiempo explicando una tautología?

Pero el caso es que por si acaso algunas cosas se dejaron "atadas y bien atadas". Gracias a tales despropósitos escritos podemos hacer una pequeña reconstrucción cronológica de las argumentaciones sobre la inferioridad natural de la mujer. Antes de continuar, les diré que estas ideas son un pequeño bosquejo de un Curso de Verano sobre "Ciencia y Mujeres" que impartí con éxito de público (curiosamente sólo femenino, lo que da pistas del interés general del asunto hoy en día) durante numerosos años en la UAB, acompañándome en esta fascinante aventura durante los últimos años la antropóloga Sarah Làzare. Esperemos que algún día podamos reeditar el curso de nuevo (se aceptan invitaciones... ;-) ). Pero volvamos al tema: la minusvalía global del ser femenino.

[Pixabay]

Al menos para los occidentales, que cacareamos el manido "paso del mito al logos", el inicio del conocimiento racional es fechado (erróneamente) en torno al siglo V antes del (supuesto) nacimiento de un judío llamado Jesucristo. Por cierto, de la tradición judeocristiana, procede uno de los mitos fundacionales sobre la inferioridad física (al no estar creada a imagen directa del dios masculino) y moral de la mujer (al ser causante del "pecado original"). La Grecia clásica ejemplificada por los fecundos atenienses dio lugar a nuestra tradición racionalista, y en sus principales figuras podemos encontrar ya el embrión de lo que he expuesto al inicio. Yendo a la teoría médica imperante recogida por el corpus hippocraticum y las ideas de Galeno de Pérgamo, la teoría de los cuatro humores, encontramos que la naturaleza femenina es peor y más lenta al ser fría, opuesta a la calidez de la del varón:

(1) "Buen color si es varón, malo si es hembra. Puesto que lo femenino es más frío, por tanto sin color (...) No sólo el esperma sino también la parte derecha de la mujer es más caliente, por estar cerca del útero, la izquierda tiene menos sangre; temeroso y frío el esperma de la parte izquierda" Hipp. Aphor.comment.V, 42,48, K.XVIII/B,835-835, 840-841;

(2) "El ánthrópos es el más divino de los seres mortales, el más acabado aunque más el varón que la mujer a causa de su mayor posesión de calor, cualidad que es el instrumento de la naturaleza" De usu part. XIV, 6, K, IV, 161.

Que la mujer o lo femenino es la parte fría o yin de la dualidad primigenia es algo que también encontramos en la cultura china antigua. Platón lo remató considerando a las mujeres como seres inferiores, como leemos en el fragmento del Timeo: "Después de los hombres vienen los animales. Pero los animales no son más que hombres castigados y degradados. Las mujeres mismas no son más que hombres que fueron cobardes, y pasaron su vida faltando a la justicia (...) el que delinquiese, será trasformado en mujer en un segundo nacimiento, y si aun así no cesa de ser malo, será convertido en un nuevo nacimiento y según la naturaleza de sus vicios, en el animal, a cuyas costumbres se haya asemejado más". Su discípulo Aristóteles lo rematará afirmando en Partium animalium 648ª, 3-14, que "la sangre más densa y caliente produce fortaleza, si tiende a ser fina y fría, lleva a la sensación e inteligencia... Los mejores de todos los animales son aquellos cuya sangre es caliente y también fina y clara, están preparados para el coraje y tienen inteligencia. Consecuentemente, las partes superiores del cuerpo predominan sobre las inferiores y, el macho sobre la hembra, la parte derecha sobre la izquierda".

Que la mujer es inferior es algo que el máximo teólogo de la iglesia católica, Santo Tomás de Aquino, remachó en el siglo XII de forma completa en su magna obra A Summa Theologica (1265-1274), Prima Pars, Pregunta XCII, La producción de la mujer:

"Objeción 1. Parece que la mujer no debería haber sido hecha en la primera producción de las cosas, pues el filósofo [Aristóteles] dice que la hembra es un varón espurio, pero nada espurio o defectuoso debería haberse hecho en la primera producción de las cosas. En consecuencia, la mujer no debería haber sido hecha en esa primera producción.

Objeción 2. Además, la sujeción y la limitación fueron un resultado del pecado, pues, tras haber pecado, Dios le dijo a la mujer que estaría sometida al dominio de su marido [Génesis, 3,16]... Pero la mujer es por naturaleza menos fuerte y digna que el hombre... Por consiguiente, la mujer no debería haber sido hecha en la primera producción de las cosas antes del pecado.

Objeción 3. Además, deberían evitarse las ocasiones de pecado. Pero Dios previó que la mujer sería una ocasión de pecado para el hombre. Por consiguiente, no debería haber hecho a la mujer. Por el contrario, está escrito [Génesis, 2, 18]: "No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada". Respondo que, como dice la Escritura, era necesaria la existencia de la mujer como una ayuda para el hombre. No, desde luego, ayudante en otras tareas, como dicen algunos, puesto que el hombre puede ser ayudado de una manera más eficaz por otro hombre en otras tareas, sino como una ayuda en la tarea de la generación... Entre los animales perfectos, el poder de generación activo pertenece al sexo masculino, y el poder pasivo a la hembra... Pero el hombre está además orientado hacia una vida más noble, que es la actividad intelectual. Por consiguiente, había más motivo para distinguir esos poderes del hombre, de manera que la hembra fuese producida aparte del macho y, no obstante, que estuvieran unidos para la generación".

Pasado cierto tiempo, la teoría del calor/frío continuó explicando la naturaleza fría y perversa de la mujer, es lo que le confiere una moralidad más débil en relación a la del hombre. Como recogerá el cirujano Ambrosio Paré en su obra De monstres et prodiges (1585), "la imaginación ardiente y obstinada" de las mujeres durante la concepción puede generar monstruos. La de la mujer, claro el hombre debe sentirse arrastrado al fango concupiscente de la sexualidad, útil tan sólo para menesteres reproductivos, no hedónicos.

Ya entrando en la Revolución Científica Renacentista, vemos que con los nuevos datos sobre el cuerpo humano, la mujer sigue siendo criticada. Para empezar, es ninguneada en las florecientes preproducciones anatómicas. De hecho, el cuerpo humano es el del hombre, excepto en los contados aspectos relacionados con la gestación, único momento en el que aparecen cuerpos femeninos (o sería ya el colmo). En el canónico y famosísimo libro de Andreas Vesalius (1543) De humani corporis fabrica libri septem, aparecen más de 250 ilustraciones, casi ninguna de cuerpos femeninos. Exceptuando el hecho que Felix Platter (1583) muestra un esqueleto anormal de una mujer en 1583, las muestras de anatomía femenina no se normalizan hasta 1730, y siempre haciendo hincapié en la morfología inferior de la mujer como ser únicamente destinado a la gestación. Incluso en este aspecto, el cuerpo femenino es considerado como impuro y su estudio acaba siendo posible gracias a muestras de cera como la colección Specola (1775), que se conserva en el Museo de la Ciencia de Florencia, altamente visitable, dejando de lado los obvios instrumentos científicos de Galileo (y sus reliquias corporales, algo que no entiendo qué hace en un Museo Galileo de Historia de la Ciencia). De hecho, las pocas mujeres que accedieron al cuerpo médico a lo largo de la historia de Occidente lo hicieron mediante la dedicación (no exclusiva, pero importante) a las enfermedades y casuísticas femeninas: pensemos en las doctoras de la Escuela de Salerno del siglo XI, las de la Universidad de Bolonia (Dorotea Bocchi, docente en 1390)... hasta llegar a las escuelas de medicina de Londres y Edimburgo del siglo XIX. Este interés mínimo por el cuerpo y la salud de la mujer demostraría a lo largo del tiempo ser pernicioso para las mujeres, puesto que las enfermedades más estudiadas eran aquellas que afectaban a los varones. La extrapolación entre sexos (de hecho, entre el sexo masculino y el femenino) no es algo útil, como demostraron la tragedia de la talidomida en los años sesenta del siglo XX, o los estudios toxicológicos sobre medicamentos de la FDA sin experimentación en mujeres.

Durante la Ilustración aparecieron numerosos intentos de aproximación de la ciencia a las mujeres ("damas", en la terminología de la época), pero escrita de forma muy adaptada a la debilidad mental e incapacidad de las mismas. Pensemos por ejemplo en el famosísimo Newtonismo para las damas (1737), de Francesco Algarotti, en el que al intentar explicar la ley del cuadrado inverso de la atracción gravitacional, se explica cómo "no puedo menos que pensar... que esta proporción en los cuadrados de las distancias espaciales... se aprecia incluso en el amor. De este modo, después de ocho días de ausencia, el amor se vuelve sesenta y cuatro veces menor de lo que fue el primer día". Carl Linneo, el gran naturalista, afirmó por estas mismas fechas que Dios (Padre) había otorgado barbas a los hombres para distinguirlos de las mujeres, y Kant lo remató en 1764 en la tercera sección de Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime, afirmando que "Una mujer que tiene la cabeza llena de griego, como madama Dacier, o que emprende sabias disertaciones sobre la mecánica, como la marquesa del Chátelet, haría muy bien en llevar barba, porque esto expresaría quizá todavía más bien el profundo saber que la ambición. El bello espíritu escoge por objeto todo lo que toca a los sentimientos más delicados; abandona las especulaciones abstractas y los conocimientos útiles pero áridos para el espíritu laborioso, sólido y profundo. Así las mujeres no aprenderán la geometría; ellas no sabrán del principio de la razón suficiente o de las mónadas más que lo que les sea necesario para sentir el chiste esparcido en las sátiras de los pequeños críticos de nuestro sexo. Las bellas pueden dejar turnar los torbellinos de Descartes, sin inquietarse, cuando aún la amable Fontanelle querría acompañarlos en medio de los planetas. Ellas no perderán nada del poder de sus encantos por ignorar todo lo que Algarotti se ha tomado el trabajo de escribir para las mismas sobre las fuerzas atractivas de la materia conforme al sistema de Newton. En la historia, ellas no se llenarán la cabeza de batallas, y en la geografía de plazas fuertes; porque les conviene tan poco sentir el viento del cañón, como a nosotros sentir el almizcle."

Con la llegada de la teoría de la evolución, nada cambió. El macho era el motor de cambio y consecución de tareas inteligentes. Se llegó a hablar dentro de este contexto del "patriarcado de la carne", según el cual los hombres eran cazadores y las mujeres recolectoras, dando toda la importancia a la caza como aportadora de las proteínas necesarias para el desarrollo del cerebro (sic) y el surgimiento del lenguaje simbólico como herramienta cultural desarrollada en entornos colaborativos de caza (sic). De este modo incluso se afirmó la inevitabilidad del patriarcado desde una perspectiva neuroendocrinológica: es la testosterona, la que ha hecho evolucionar al ser humano (al macho, claro). El propio Darwin, en su clásico The Descent of Man and Selection in Relation to Sex de 1896, afirmó que algunas características morfológicas de las mujeres son características de razas inferiores, formando parte de un nivel anterior e inferior de civilización. También afirmó sin rubor alguno que los hombres sobresalían por encima en las mujeres en cualquier actividad física o intelectual. En estas argumentaciones, llegó a decir que esto era evidente: si se hiciera una lista de las mujeres punteras en cualquier campo comparada con la de los hombres, la lista no soportaría ninguna idea de igualdad, antes más bien la de la inferioridad. Ya para rematar citaba a su primo Francis Galton, que además de crear diversos conceptos importantes para el desarrollo de la estadística moderna, defendía la eugenesia, la sociedad de clases y el racismo como obviedades esperables de las diferencias genéticas "observables" (sic). Ante ejemplos notables de mujeres que por fin podían acceder al conocimiento, como la matemática Emmy Noether, sus colegas como Edmund Landau dijeron: "puedo dar fe de su genio matemático, pero que sea una mujer no lo puedo jurar".

Con el interés renovado por la morfología, la craneometría del siglo XIX parecía aportar pruebas para la defensa de la superioridad racial de los europeos sobre sus colonias... y de los hombres sobre las mujeres. Paul Julios Möbius, en su texto de 1900 Sobre la debilidad fisiológica de las mujeres afirmaba que las mujeres sólo lo eran en cuanto se casaban, sin dejar por ello de ser seres infantiles, nunca creativas, y un freno para la curiosidad natural del hombre. Por ello, no debían ser emancipadas, puesto que ello conllevaría el desmadre el anarquismo (la típica falacia de pendiente resbaladiza). ¿Las tareas de la mujer? Reproductivas. En la península, la catalana Maria Cambrils Cambrils, feminista socialista, redactó el 10 de agosto de 1928 el texto Falacias del Antifeminismo. Frente a una cruzada moebiuna: "Es obsesión incurable en algunos doctores la de proclamar a los cuatro vientos la inferioridad mental de la mujer, a la que sólo reconocen aptitudes prara dedicar todo su tiempo a freir huevos, fregar platos, barrer la casa, remendar la ropa, parir hijos y lactar la prole (...) Tal teoría, bastante extendida por algunos centros docentes, ha venido a producir el estado de cosas lamentable que, con respecto a la condición social de la mujer española, es hoy un ambiente éticamente vituperable". Ya para rematar, el gran anatomista Carl Vogt afirmó en 1864: "Por su cima redondeada y su lóbulo posterior menos desarrollado, el cerebro de los negros se parece al de nuestros niños, y por la protuberancia del lóbulo parietal, al de nuestras hembras... En cuanto a sus facultades intelectuales, el negro adulto participa de la naturaleza del niño, de la hembra y del hombre blanco senil".

Llegados al siglo XX, los argumentos en contra de las mujeres no se vieron frenados tras nuevas investigaciones. Al contrario, la inferioridad de la mujer se mostró como evidente a través de nuevas áras de conocimiento. La endocrinología, por ejemplo, pareció aportar una base física a los comportamientos sociales, de forma elegante: los Hombres y sus exclusivas (sic) hormonas masculinas y las mujeres con las suyas, dando lugar a cerebros masculinos y cerebros femeninos. El famoso profesor y psicopatólogo Simon Baron-Cohen, de la prestigiosa Universidad de Cambridge, publicó en el año 2004 un libro llamado La diferencia esencial, en el que se afirmaban cosas como "Las personas con el cerebro femenino, hacen los consejeros más maravillosos, profesores primarios, enfermeras, cuidadores, terapeutas, trabajadores sociales, mediadores, facilitadores de grupo o personal de personal. Cada una de estas profesiones requiere excelentes habilidades de empatía. Las personas con el cerebro masculino hacen los más maravillosos científicos, ingenieros, mecánicos, técnicos, músicos, arquitectos, electricistas, fontaneros, taxonomistas, catalogadores, banqueros, fabricantes de herramientas, programadores o incluso abogados. Cada una de estas profesiones requiere excelentes habilidades de sistematización". En realidad no hay hormonas exclusivas, pero esto es algo que necesitaría otro espacio para el análisis. Ligado a las "hormonas femeninas" va el lote completo: la inestable y irracional naturaleza de la mujer durante el período. Además de ser considerado un momento impuro de las mujeres, se las acusó por el mismo motivo de ser víctimas de la ofuscación cognitiva correlacionadas con este "desequilibrio hormonal", hecho que pensadoras como Simone de Beauvoir, en su texto El segundo sexo, llegó a aceptar de forma indirecta. Lo del histerismo de las mujeres viene de lejos, pero continúa boyante en nuestros días, como afirma Carme Valls: "Cada vez vemos a más chicas jóvenes a las que se diagnostica como de los nervios o se trata directamente con psicofármacos. Ha habido tres etapas históricas en este asunto. En primer lugar, se diagnosticaba de neurastenia y se recetaban ansiolíticos; fue la época del Valium. Después, todos los problemas se achacaban a la menopausia. Y ahora todo el malestar se diagnostica como fibromialgia, aunque se trata igualmente con psicofármacos. Hay un encarnizamiento terapéutico, porque no se diagnostica con precisión el malestar que se siente, independientemente de que las causas sean fisiológicas, psicológicas o sociales".

Es muy triste que se hayan tenido que dedicar recursos públicos a desmontar tales sucias y abyectas mentiras, pero recientemente apareció el artículo que muestra que nada de lo relacionado con período y disminución cognitiva es cierto. Léanlo: Leeners, B., Kruger, T. H., Geraedts, K., Tronci, E., Mancini, T., Ille, F., ... & Schippert, C. (2017). «Lack of Associations between Female Hormone Levels and Visuospatial Working Memory, Divided Attention and Cognitive Bias across Two Consecutive Menstrual Cycles». Frontiers in Behavioral Neuroscience, 11, 120. Esta hormonanización de lo social llevó a algunos autores a afirmar que las mujeres menopáusicas habían acabado su utilidad como seres humanos.

Resumiendo lo expuesto, tan solo la punta del iceberg, queda claro que el ataque a la mujer desde la ciencia es continuado y se mantiene a lo largo de la historia hasta llegar a nuestros días. No es solo una cuestión epistemológica, del ámbito de lo teórico, puesto que legitima políticas sociales, el estado de derecho, las regulaciones económicas y laborales, los modelos educativos y el conjunto de lo social. Es también triste que la mayor parte de estudios sobre ciencia y género son realizados por mujeres, demostrando que a los hombres académicos como yo este tema no les parece interesante, ni relevante. Una ojeada a los libros, revistas, congresos académicos y sus secciones nos demuestra que los hombres no se preocupan de las mujeres. Y los que lo hacen adoptan sin saberlo el criterio darwiniano del "de acuerdo, hay algo interesante, pero no es la esencia de lo científico". La falsa equidistancia y nula simetría en los estudios académicos.

Si tras leer todo lo expuesto alguien todavía cree en el concepto de EVIDENCIA como algo inmaculado y obvio, es que no sabe, ni quiere saber. Ahora lo tiene fácil, lo niega todo y dice que son fake news. Bienvenidas al mundo de la opresión epistemológica.
#Ni una menos. #Me too

Referencias:
Epstein, Steven (2007) Inclusion: The Politics of Difference in Medical Research ,USA: Chicago University Press.
Gould, S. J., Pochtar, R., & y Port, J. R. (1984). La falsa medida del hombre (No. 159.92 GOU). BCN: Antoni Bosch.
Haraway, Donna Jeanne (1989). Primate visions: Gender, race, and nature in the world of modern science. Psychology Press.
Roberts, C. (2007). Messengers of sex: Hormones, biomedicine and feminism. Cambridge University Press.
Schiebinger Londa, (1987), "Skeletons in the Closet:The first illustrations of the female skeleton in Eighteenth-Century Anatomy" in Laqueur, T, (1987), The Making of the Modern Body:Sexuality and society in the Nineteenth Century, University of Clalifornia Press, Berkeley,
Schiebinger Londa, (2004) ¿Tiene sexo la mente? Las mujeres en los orígenes de la ciencia, Madrid: Ediciones Catedra.
Valls-Llobet, C. (2006). Mujeres invisibles. Madrid: Editorial Debolsillo.