¿Por qué la divulgación científica es la Cenicienta en el Reino de la Ciencia…, y debería dejar de serlo?

15/04/2017 6 comentarios
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Se cree que la divulgación científica es algo que en muchos aspectos devalúa la pureza de la ciencia. Divulgar sería una práctica necesaria (aunque limitada) para que el profano comprenda el significado de los hechos, teorías y métodos de la ciencia. Por ello se suele reducir a una actividad altruista y amateur, oficiada por científicos inquietos, ungidos con la gracia de la palabra y la bondad del misionero, pero que no tienen nada mejor que hacer o, más crudamente, que no sirven para investigar. Sin embargo, la divulgación científica la hacen investigadores en activo y tiene una influencia notable en el avance de la propia ciencia. Ya es hora, por tanto, que quienes gestionan la política científica la valoren, tanto a nivel curricular como salarial.

La actividad divulgativa, la cenicienta de las prácticas académicas

Cada vez hay más investigadores preocupados por incorporar entre sus prácticas académicas la comunicación pública de conocimientos científicosTambién, cada vez son más las instituciones políticas preocupadas por implementar normativas que comprometan a los investigadores con la difusión pública de los resultados de sus investigaciones. Si esto es así, es decir, si el investigador cada vez invierte más tiempo y esfuerzo en actividades divulgativas y el político cada vez demanda con más ahínco el compromiso del investigador para con la sociedad, ¿por qué planteo tal pregunta en el título de esta entrada? Pues porque, como bien nos recuerda el refranero, no es oro todo lo que reluce. Y me explico.

Nadie duda a estas alturas de que el científico adscrito a una universidad pública, o a un centro de investigación financiado con dinero público, tiene que rendir cuentas acerca de su actividad investigadora y, en el caso de la universidad, también de su actividad docente. Y aunque mal, cobra por ello. Se entiende que la docencia y la investigación son partes constituyentes de la actividad científica y, por ello, los gestores de lo público las valoran académica y pecuniariamente.

Pero, ¿qué ocurre con la actividad divulgativa? (por cierto, actividad que requiere habilidades y recursos que no todo científico domina). Pues ocurre, dicho sin tapujos, que la actividad divulgativa se fomenta pero no se aprecia como es debido. La divulgación científica es una labor imprescindible para el desarrollo de la ciencia, de ahí que los administradores no sólo la promuevan sino que también la prescriban como parte integral de proyectos de investigación nacionales y europeos. Por ejemplo, entre 2007 y 2013 la Unión Europea invirtió 312 millones de euros en la iniciativa Science in Society, dentro del 7º Programa Marco de Investigación, Desarrollo Tecnológico e Innovación. Sin embargo, y sin rubor alguno, estos mismos gestores —y lo peor, también investigadores— relegan la divulgación a una actividad menor, subsidiaria, cuando no descaradamente amateur, o sea, practicada por no profesionales.

<em>Investigación y Ciencia</em>, un ejemplo de alta divulgación científica

No obstante, muchos científicos sociales han puesto el dedo en la llaga al comprobar que la divulgación desempeña un importante papel en la percepción pública de la ciencia y la tecnología. Ken Hyland, especialista en lingüística aplicada y estudioso del discurso científico, es uno de ellos. Hyland afirma que los discursos que popularizan la ciencia repercuten notablemente en la comprensión que los distintos agentes sociales (políticos, potenciales inversores en I+D, activistas, ciudadanos, científicos, etc.) tienen del trabajo académico (intereses, métodos y conocimientos). Además, gracias a la acción directa del divulgador, la ciencia afianza y mantiene su legitimidad social y refuerza su autoridad cognitiva.

En resumen, por mor de la divulgación científica, el lego (incluyo aquí también al especialista que ignora conocimientos y métodos que caen fuera de su especialidad) puede acceder a relatos que re-contextualizan el sentido de la investigación científica. Creo que pocos tildarán de descabellada esta conclusión. Pero vayamos un paso más allá, aun a riesgo de que alguien frunza el ceño. Además de su inestimable contribución a construir la potente imagen pública de la ciencia y de los científicos, la divulgación interviene de una forma nada despreciable en los procesos de producción del conocimiento científico. Quizás ahora alguno ya me tache de hereje y caliente músculos para lanzarse a mi yugular. Y sin embargo, interviene.

Las líneas que siguen pretenden demostrar que la comunicación pública de la ciencia afecta de manera positiva al progreso de la investigación y, por ende, a la generación de nuevo conocimiento. Así pues, su aportación en el sistema I+D de cualquier país medianamente desarrollado es crucial.

Los científicos que divulgan la ciencia a amplias audiencias, como parte de sus prácticas académicas, deben concienciarse de que su labor está infravalorada por los administradores de lo público. Y lo está, a pesar de que éstos inviertan tiempo y dinero en elaborar recomendaciones y normas de obligado cumplimiento a la par que apelan a la responsabilidad social del científico. Es prioritario exigir que se reconozca legalmente el valor de las actividades divulgativas, y que tal reconocimiento se refleje sin ambages en el currículum vitae y en la nómina. Quizás, entonces, la tan cacareada expresión “universidad de excelencia” deje de ser un mero eslogan político.

La divulgación como adulteración de la ciencia

Que se vea la divulgación como la Cenicienta en el Reino de la Ciencia tiene unas profundas raíces históricas, cuyo análisis escapa de los objetivos de esta entrada. Es muy común que los científicos, incluso aquellos con vocación comunicadora, piensen que la divulgación es una suerte de tarea que desvirtúa el discurso científico. Suponen que divulgar es traducir (en el sentido de traicionar) y que, por tanto, pasar de un lenguaje preciso, riguroso y denotativo (el científico) a otro ambiguo, impreciso y connotativo (el común) implica una transformación necesaria, aunque degradante, del discurso científico original. De ahí ese afán en intentar perfilar límites precisos entre la ciencia y su divulgación.

Intentaré demostrar la parcialidad de tal creencia.  

Tanto el conocimiento genuino como el popularizado forman parte de un continuum

En sus trabajos pioneros, Stephen Hilgartner, sociólogo de la Universidad de Cornell, demuestra que la frontera entre el discurso divulgativo (aquel que produce conocimiento popularizado) y el discurso científico (aquel que produce conocimiento genuino) no es rígida sino dúctil. Esto no significa que un producto científico, como un paper publicado en Nature, no pueda diferenciarse con claridad de uno divulgativo, como una noticia sobre el contenido de ese paper en El Mundo. Más bien, significa que entre ambos hay un espacio de posibilidades, un continuum, en el que puede trazarse la frontera. Así, lo que el científico sanciona como divulgación varía en función de los objetivos que pretenda alcanzar con ella, del tipo de simplificación que realice y del público diana al que se dirige. Tal ambigüedad, asegura Hilgartner, otorga al científico cierta flexibilidad para dictaminar qué es “ciencia genuina” y qué “ciencia popularizada”.

 <em>Continuum</em> de la comunicación de la ciencia. Fuente: Hilgartner (1990)

Para ilustrar estas ideas, tomaré el mismo ejemplo que analiza Hilgartner: un artículo de revisión (review article) sobre las causas del cáncer, que los epidemiólogos británicos Richard Doll y Richard Peto publicaron en la revista científica Journal of the National Cancer Institute

A pesar de que el artículo aparece en una revista con sistema de revisión por pares (peer review system), los autores expresan que su voluminoso artículo (más de cien páginas) se dirige al "no especialista interesado". Entonces, se pregunta Hilgartner, ¿en qué punto exacto de ese continuum entre "ciencia genuina" y "ciencia popularizada" habría que ubicar el artículo en cuestión?

Podría argumentarse, por ejemplo, que su contenido es ciencia genuina, pero que el artículo en sí es divulgativo, puesto que se dirige explícitamente a un público "no especialista". O podría uno cargarse de razón al afirmar que el contenido del artículo es divulgativo porque se trata de una simple "revisión" que no aporta hechos científicos novedosos, aunque se publique en una revista especializada. También podría argüirse que el artículo no es divulgativo porque sintetiza y explora nuevos vínculos en el estado de la cuestión y, como resultado, se crea nuevo conocimiento científico. Esto último parece corresponderse con el hecho de que los usuarios tardíos de la información (incluidos científicos) trataron el artículo como ciencia genuina, citándolo y elogiándolo profusamente. Además, es insólito que una prestigiosa revista científica dedique más de cien páginas a mera divulgación. O también, en un alarde de mestizaje argumentativo, se podría sostener que algunas partes del artículo son divulgativas y otras no.

Además, estas imprecisiones se hacen aún más patentes al examinar los formatos en los que se publican las estimaciones de Doll y Peto. Así, por ejemplo, las versiones simplificadas de los datos que relacionan el cáncer con la dieta aparecen no solo en periódicos y revistas populares, sino también en publicaciones técnicas, como informes elaborados por el National Cancer Institute (un organismo de carácter científico) o artículos científicos (escritos por especialistas).

En definitiva, la frontera entre "ciencia genuina" y "ciencia popularizada" se vuelve borrosa.

Argumentos (no exhaustivos) para valorar la divulgación de la ciencia

He mostrado que no es posible establecer una frontera esencialista entre ciencia y divulgación, por lo que en casos ambiguos (como es el del artículo de Doll y Peto) su trazado responde más bien a una suerte de estrategia.

Son múltiples los argumentos que pueden esgrimirse para defender la idea de que la divulgación forma parte sustancial de ese continuum que es la práctica científica. Entre otros argumentos, la divulgación científica:

1. Permite que el ciudadano comprenda y aprecie la naturaleza y el funcionamiento del pensamiento científico, así como los resultados de la investigación, de tal forma que su cultura científica se incremente y, con ello, se mejore su capacidad para tomar decisiones más fundamentadas y críticas.

2. Ayuda activamente —en bastante mayor proporción que el discurso estrictamente especializado— a promover las vocaciones científicas y técnicas. Para que el sistema I+D perviva es imprescindible la renovación continua de sus recursos humanos. La capacidad para atraer la atención, indagar en los límites y misterios de la ciencia y la tecnología, estimular la imaginación y el gusto por la aventura o explorar los beneficios sociales que reporta la investigación, hacen de la divulgación científica un formato idóneo para despertar vocaciones. Muchos niños de mi generación bien sabemos el impacto que tuvo en nuestros destinos académicos documentales como El Hombre y la Tierra, de Félix Rodríguez de la Fuente, o Cosmos, de Carl Sagan.

3. Favorece el que posibles inversores en I+D y gestores de la política científica admitan la necesidad de financiar determinadas líneas de investigación, puesto que con formatos divulgativos se les pueden presentar tanto los fundamentos científico-técnicos como los previsibles beneficios económicos de la investigación. Los empresarios y los políticos son agentes tecnocientíficos no expertos que, sin embargo, acaparan poder para tomar decisiones que afectan al destino de la investigación. Para Javier Echeverría, filósofo y matemático del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, las empresas tecnocientíficas financian la investigación básicamente para obtener beneficios económicos, y no tanto para avanzar en el conocimiento, aunque no desdeñan el prestigio que reporta éste para la corporación. Un buen manejo del discurso divulgativo puede ser determinante para el buen éxito de nuevos proyectos científicos.

4. Contribuye de forma decisiva a delimitar la ciencia de los escarceos de naturaleza pseudocientífica. Se ha comprobado que los científicos que comunican la ciencia en el ágora pública están en mejor tesitura para construir fronteras nítidas que separen la ciencia genuina de cualquier manifestación pseudocientífica. Un ejemplo muy recurrente, pero no por ello el único, es el de Carl Sagan, conocido astrónomo y divulgador que se empeñó durante toda su vida en delimitar la ciencia de las falsas creencias revestidas de cientificismo. En uno de sus últimos libros divulgativos, El Mundo y sus demonios, Sagan hace un vehemente alegato en favor del pensamiento racional como uno de los mejores antídotos contra las pseudociencias.

Carl Sagan y su cruzada contra las pseudociencias

5. Favorece la fertilización cruzada entre disciplinas. Un ejemplo que viví en primera persona es el interesante experimento que diseñaron geólogos planetarios y microbiólogos del Centro de Astrobiología (CAB). La pregunta que se plantearon es muy sencilla: ¿qué sucederá si se introduce un trozo del meteorito metálico caído en Toluca (México) en un matraz con agua que contiene bacterias procedentes del río Tinto? En su ambiente ácido, las bacterias del Tinto poseen la capacidad de obtener la energía necesaria para mantener su metabolismo de la oxidación del hierro de la pirita. La respuesta a la cuestión fue contundente: las bacterias literalmente “se comieron” el trozo de meteorito, lo cual ha reavivado la teoría de la panspermia que postula que la vida tiene un origen extraterrestre, puesto que los primeros seres vivos podrían haber llegado a la Tierra en meteoritos, asteroides o cometas.

El CAB es un centro constituido por diversos laboratorios (Robótica y Exploración Planetaria, Extremofilia, Geología Planetaria, Evolución Molecular, etc.), lo cual le confiere un marcado carácter transdisciplinar. Este experimento es un producto de la política interna del CAB: un día a la semana, a una hora prefijada, un científico o ingeniero debe impartir al resto de miembros del centro una charla divulgativa sobre su investigación. Estas exposiciones divulgativas aseguran que cada investigador esté al tanto del trabajo de sus compañeros, con independencia de que pertenezcan o no a su mismo laboratorio.

6. Desempeña un relevante papel cuando es necesario definir y delimitar nuevos nichos de investigación, aún no explotados, como es el caso de la nanotecnología. En 1986 Eric Drexler, a la sazón en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT, en su acrónimo inglés), introdujo en el ámbito público el término “nanotecnología”, gracias a su popular libro Engines of Creation. En el libro Drexler plantea la posibilidad de crear sistemas ingenieriles a nivel molecular y esboza sus implicaciones médicas, económicas y medioambientales. Este, como otros casos similares, demuestra que la divulgación puede favorecer la emergencia de nuevas áreas de investigación.

Diferentes ediciones del popular libro de Eric Drexler, <em>Engines of Creation</em>

7. Contribuye a explorar ideas heterodoxas que de otra manera no verían la luz. Por ejemplo, hay científicos, sobre todo séniors y anglosajones, que escriben libros divulgativos para expresar ideas que de otra manera no podrían publicar por ser especulaciones o poner en entredicho algún paradigma dominante. La estructura formal de los artículos científicos y el férreo sistema de revisión por pares hacen que muchas ideas, potencialmente fructíferas pero poco contrastadas, encuentren su lugar de ser en la divulgación. De esta manera, la divulgación sería un verdadero "semillero de ideas", la forma idónea de la que dispone este tipo de científico para rastrear todas las posibilidades que se derivan de una idea iconoclasta, que bien pudiera ser motivo de descrédito, chanza o enconado rechazo si tratara de exponerla en otros círculos más formales.

 

Corolario

Hay variados y sólidos argumentos para afirmar que la divulgación de la ciencia (1) es la mejor manera de promover las vocaciones científicas, (2) de extender y afianzar el conocimiento científico más allá del restringido núcleo de los especialistas, y (3) de obtener financiación para que la investigación científica pueda desarrollarse.

Esperemos que más pronto que tarde esta labor, estimulante en sus objetivos pero ingrata en sus resistencias, pueda ser reconocida, evaluada y recompensada como se merece.

Para ampliar conocimientos

Alcíbar, Miguel (2008): Comunicar la ciencia. La clonación como debate periodístico, Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

Echeverría, Javier (2003): La revolución tecnocientífica, Madrid: Fondo de Cultura Económica.

Gregory, Jane and Miller, Steve (1998): Science in Public. Communication, Culture, and Credibility, Cambridge, MA: Perseus Publishing.

Sismondo, Sergio (2004): Science and Technology Studies, Malden, MA: Blackwell Publishing.