El undécimo: no predecirás

05/06/2017 15 comentarios
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Sobre el miedo al "pensamiento demasiado racional".

Observaba Orwell en su ensayo Palabras nuevas (New Words, 1940, en español se puede leer en la excelente recopilación recientemente editada por DeBolsillo) que los niños tienen miedo a ser castigados por demonios invisibles si se muestran demasiado orgullosos: si pescan un pez, decía Orwell, y dicen "ya lo tengo" antes de subirlo del todo, creen que lo perderán etc. Esas supersticiones infantiles se mantendrían en muchos adultos y solo desaparecerían en la medida en que los adultos tienen mayor control sobre su entorno, aunque solo para reaparecer en situaciones en que no lo tienen, como la guerra, las apuestas etc. Y sería esa creencia más o menos latente la que se traduciría en el miedo de muchos adultos al "pensamiento demasiado racional" y, por tanto, a la resistencia a cualquier "intento de aproximarse a las dificultades de uno de un modo directo y racional, cualquier intento de resolver los problemas de la vida como uno resolvería una ecuación". 

George Orwell

¿Les suena? ¿Cuántas veces han oído que los científicos no deberíamos "jugar a ser dioses"? ¿Que no se puede ser soberbio y creer que se está "en posesión de la verdad absoluta"? (Esto se suele usar para refutar algún dato) ¿Que hay que "abrir la mente"? (Normalmente, para pedirte que la cierres y abraces sin pensar cualquier parida.) Y mi favorita, ¿que no todo tiene un "porqué"? (resulta difícil entender qué diablos significa esto, si lo piensan). Esta desconfianza va más allá de la actividad puramente científica (completamente desprestigiada hoy en día: o somos individuos extravagantes o estamos vendidos a las multinacionales) y se extiende, como bien observó Orwell (que lo aplicaba a las previsibles reacciones en contra de la creación de palabras nuevas) a cualquier actividad mínimamente analítica y predictiva.

¿Verdad que han oído que las encuestas "no dan una", como se ha demostrado con el Brexit y Trump? Y sin embargo, las encuestas predijeron correctamente una victoria ajustada de la candidata Clinton en número de votos. Normalmente, las victorias en número de votos se traducen también en victoria en el colegio electoral estadounidense, pero en este caso no fue así. La inmensa mayoría de las encuestas no dan estimaciones sobre el resultado en el colegio electoral, y las que lo hacen, suelen hacer estimaciones indirectas, no basadas en la distribución de voto por Estados. En cuanto al referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea, las encuestas dieron como ganador al Brexit durante muchas semanas, y solo en los últimos días de campaña predijeron una ajustadísima victoria de la permanencia, prácticamente un empate técnico. Admitamos que cometieron un pequeño error, pero ¿qué me dicen del impresionante nivel de acierto en la primera vuelta de las presidenciales francesas donde, en un escenario muy complicado y sin precedentes, predijeron con asombrosa exactitud el resultado de los cuatro primeros candidatos? ¿Han oído a alguien celebrando lo bien que funcionaron los sondeos? 

Algo parecido pasa con las predicciones meteorológicas. Es un tópico muy extendido que no hay que hacer caso de lo que dicen, pero esto suele estar basado en observaciones del tipo: "el otro día decían que hoy iba a llover en Madrid, y ahora estoy mirando por la ventana y hace un sol radiante". Pero el día tiene veinticuatro horas y Madrid es muy grande. Hoy cualquiera puede ir a la página web de la Agencia Española de Meteorología (por ejemplo) y mirar la predicción para una zona concreta en un rango de horas determinado. El grado de fiabilidad es altísimo, especialmente si no miramos con demasiada antelación y tenemos en cuenta que las predicciones llevan asociada una probabilidad, que normalmente no es del 100 %. 

En realidad, ni las encuestas ni la mujer del tiempo fallan tanto como se dice, pero mucha gente prefiere pensar que cualquier intento de predecir analíticamente lo que ocurrirá en el futuro es en vano, no vaya a ser que Algo nos castigue y no podamos (¡ay!) llevarnos a la boca el pez.