Una cata de música

15/05/2017 1 comentario
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«No pido a los intérpretes que vean los mismos colores que yo, pero sí que vean colores, cada cual a su manera» (Olivier Messiaen).

Recuerdo que a finales del año pasado me llegó una newsletter de la Fundación Juan March sobre un ciclo de música titulado: "Sinestesia: Escuchar los colores, ver la música". Aunque me habría gustado presenciar en directo el concierto en Madrid, pude verlo través del canal de la fundación y debo decir que me sorprendió muy gratamente constatar cómo, a partir de un simple y elegante diseño lumínico, habían logrado recrear la experiencia sinestésica de música-color del compositor francés, Olivier Messiaen. Abajo podéis ver el vídeo con el pianista Alberto Rosado interpretando Preludios y Veinte miradas sobre el niño Jesús (huelga decir que la devoción religiosa de Messiaen ejerció una influencia notable en sus obras).

Como los de muchos otros compositores a los que se les atribuye sinestesia (del griego syn "unido" y aesthesis "sensación"), los trabajos de Messiaen están plagados de anotaciones sobres colores asociados con ciertos acordes o armonías. Aunque si bien es cierto que las asociaciones varían entre sinestetas (por ejemplo, para su predecesor Scriabin la sinestesia ocurría entre colores y tonos o tonalidades), en general, la sinestesia implica que la percepción de cierto estímulo ("inductor") resulta en una sensación automática y simultánea en otra modalidad sensorial ("concurrente").

Las bases neurales y mecanismos de este cruce de modalidades sensoriales han sido el motivo de varias investigaciones en el campo de la neurociencia cognitiva, especialmente en el caso de la sinestesia de grafema-color [1], en la que una letra, palabra o número aparecen asociados con determinados colores (aunque estén escritas en negro), como le sucedía al físico Richard Feynman (puedo imaginar cómo para él las ecuaciones debían ser una especie de arco iris). En cualquier caso, esta entrada está dedicada a una sinestesia musical quizá menos conocida y que puede resultar más impactante por el hecho de darse entre la modalidad auditiva y gustativa. Esta sinestesia de música-sabor fue descrita por primera vez en una publicación de la revista Nature por el investigador Lutz Jäncke de la Universidad de Zúrich y otros colegas [2]. En este artículo documentaban el interesante caso de una flautista profesional de 27 años que, además de la sinestesia música-color (por ejemplo, nota Do y color rojo), experimentaba sabores cuando escuchaba ciertos intervalos de música. En su caso, un intervalo de tercera mayor le resultaba dulce mientras que uno de séptima menor le parecía amargo.

Este tipo de sinestesia era unidireccional (es decir, un sabor dulce no le hacía escuchar un intervalo de tercera mayor) y pudo ser confirmada en el laboratorio mediante una tarea de Stroop adaptada para detectar este fenómeno. En esta tarea, se presentaban intervalos musicales a la sujeto mientras se le administraba una solución de cierto sabor en la lengua. De esta manera, podía darse una condición congruente, en la que el intervalo y el sabor fueran acordes con las asociaciones que había reportado, o incongruente. A partir de la comparación de los resultados de la sinesteta con los de 5 músicos no sinestetas como grupo control, se vio que los tiempos de reacción en la condición congruente eran significativamente menores que en la incongruente para la sinesteta y que este efecto no se encontraba en los individuos control. En otras palabras, a diferencia de los músicos control, la flautista hacía uso de la sinestesia para resolver un problema cognitivo como el de la identificación de intervalos musicales.

A continuación, este equipo de investigadores decidió dar un paso más y estudiar la arquitectura cerebral que podría estar relacionada con la sinestesia música-sabor invitando de nuevo a la flautista como conejillo de indias [3]. En este caso, el objetivo era analizar las diferencias estructurales y de conectividad en dos regiones implicadas en el procesamiento auditivo y del gusto, respectivamente. Dicho de otra manera, por una parte querían ver si la flautista tenía un volumen de sustancia gris (neuronas) y blanca (axones) distinta a la de músicos no sinestetas y dónde se daban estas diferencias. Para ello utilizaron una técnica conocida como morfometría basada en voxel (un voxel es una unidad de volumen cerebral que se utiliza en neuroimagen y se mide en mm3) y descubrieron que, efectivamente, había un incremento de sustancia blanca (pero no de sustancia gris) en el giro de Heschl (audición) y regiones del córtex occipital (visión). Estas diferencias podían explicar la existencia de sinestesia música-color pero no aportaban gran cosa respecto al otro tipo de sinestesia. En cambio, los resultados de tractografía probabilística eran mucho más reveladores, ya que la flautista tenía muchas más conexiones que los músicos no sinestetas entre el giro de Heschl y la ínsula (gusto). Estos hallazgos hablan a favor de la teoría según la cual uno de los mecanismos que pueden dar lugar a sinestesia está relacionado con una hiperconectividad entre las áreas sensoriales implicadas en dicha sinestesia, quizá debida a una poda neuronal deficiente durante el desarrollo. No obstante, cabe decir que sería importante replicar en el futuro estos resultados en un estudio con un grupo de participantes con sinestesia música-sabor.

Tractografía probabilística. La sinesteta (rojo-amarillo) tiene mayor número de fibras que los músicos no sinestetas (azul). Adoptado  de Hänggi et al. (2008).
Mientras escribo estas líneas suenan los Preludios de Messiaen de fondo, si cierro los ojos ¿seré capaz de ver yo también esos pasajes naranjas bañados de violeta? Quizás estas experiencias sinestéticas no estén tan fuera del alcance del resto de la población como pudiera pensarse en un principio. Curiosamente, hace pocos meses apareció un artículo en la revista PLoS One en el que puedo figurarme una larga cola de voluntarios puesto que utilizaba música y chocolate para estudiar las asociaciones entre la modalidad auditiva y gustativa. Este trabajo, liderado por la investigadora Psyche Loui de Universidad de Wesleyan en Connecticut, ha demostrado por primera vez la existencia de estas asociaciones entre estímulos de mayor complejidad [4].

Esta investigadora, que es además violinista, utilizó una melodía de violín compuesta originalmente para el estudio y creó variaciones que podían transmitir distintos sabores, como confirmó en uno de los experimentos. Por otro lado, prepararon chocolate ganache con ciertas proporciones de cacao y otros ingredientes para conseguir las mismas categorías de sabores que con la música. Así, vieron que la música dulce era asociada con una variedad dulce de chocolate y que estas asociaciones podrían estar relacionadas con las preferencias de los individuos dada la correlación positiva entre las puntuaciones de placer de la música y el chocolate (es decir, los que preferían la música dulce también preferían el chocolate con esta característica). Se trata pues de un paradigma interesante que deja abierta muchas preguntas, como las propiedades acústicas que determinan que una música sea percibida con tal o cual sabor, las influencias culturales y, sobre todo, las respuestas neurales durante este tipo de experiencias. Creo que, a partir de ahora, cuando coma chocolate amargo seré más cuidadosa con la selección de música que lo acompañe.

Referencias
1. Dixon, M.J., Smilek, D., Cudahy, C., and Merikle, P.M. (2000). Five plus two equals yellow. Nature 406, 365–365.
2. Beeli, G., Esslen, M., and Jäncke, L. (2005). Synaesthesia: When coloured sounds taste sweet. Nature 434, 38–38.
3. Hänggi, J., Beeli, G., Oechslin, M.S., and Jäncke, L. (2008). The multiple synaesthete E.S. — Neuroanatomical basis of interval-taste and tone-colour synaesthesia. NeuroImage 43, 192–203.
4. Guetta, R., and Loui, P. (2017). When music is salty: The crossmodal associations between sound and taste. PLOS ONE 12, e0173366.